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centaurodeldesierto

Sesión de negro

Hoy llueve sobre el panel de la ventana, intensas gotas de agua pesa y gorda se esparcen por todo el cristal, impidiendo mirar a través de él los rojizos campos castellanos en los que se respira otoño. Papá ha muerto. Hay mucha gente en la casa, todos ellos vestidos de ceremonioso negro. Lloran. Lloran, beben y se van. Sobre todo hay mujeres, amigas de mi madre o vecinas suyas, que al fin y al cabo es lo mismo. Algunas lanzan espantosos lamentos, exagerados, y abrazan a mi madre blanca y joven, enferma en estas jornadas de luto. Papá ha muerto, pero los campos siguen igual. Mamá y las mujeres lloran, pero los campos siguen igual.

En los hombres es diferente, ninguno cede a que en sus ojos castaños y negros sobresalga una lágrima o una emoción. Todos hablan en voz baja. Seres endurecidos todos ellos, curtida la piel por el esfuerzo físico que supone trabajar en esos campos de trigo de una España profunda que se quema. En algunos de esos hombres de rostro anónimo chispas de fuego salen de sus ojos –a pesar de que afuera en la calle llueve- y sonrisas furtivas afloran en sus secos y desgarrados labios –a pesar de que esto es un velatorio vestido de negro-.

De pronto los ligeros murmullos y los lamentos que rompían el silencio cesan. Lleva un sombrero de ala ancha totalmente negro y un gran vestido que le cubre los pies y que está lleno de barro en los faldillos. Está empapado por la lluvia y su cara que es más pálida que la de mi difunto padre gotea como si de una esponja se tratara. Me sonríe y me da unas palmaditas en la cabeza, me abraza y me dice que lo siente. Sonríe a todo el mundo, los saluda con un hola y se acerca a mi madre, tan blanca y tan buena, y con voz ronca como si le faltara el aliento dice:

-Te acompaño en el sentimiento Manuela, lo siento mucho.

Se escucha un rayo y el cielo tiembla. Por las mejillas de mi madre resbalan las lágrimas.

 

-Papá ¿Qué es el cielo?

-Lo que tenemos arriba.

-Pues mamá dice que allí vive un hombre que lo vigila todo. El señor cura se lo ha contado.

-¿Eso es lo que dice mamá?

-Sí, eso dice.

Mi hermano Manolito es el más gracioso. No sabe hablar y aún se tambalea cuando intenta andar. Se va apoyando en la pared y a veces cae de culo sobre el enorme pañal que madre le ha hecho. ¡Aúpa! ¡Arriba, no es nada! La verdad que es el que más pena me da, pero también es al que más envidio. Después de todo se le ve tan feliz… Como siempre. Sonríe, grita y llora, pero sin entender nada de lo que está pasando. Desearía volver a tener su edad para no pensar más en esta muerte que me está mordiendo. Afuera sigue lloviendo sobre los maduros campos de trigo recién sembrado. El cielo está vomitando. A pesar de todo la cosecha será pobre.

 

“Ay, Anita, Anita ¿Y tú ahora me abandonas? ¿Por qué cierras tus ojos como si fueras a dormir y no vuelves a despertar? La fiebre te tragó y nadie pudo hacer nada, ni tan siquiera yo. Entonces vino la muerte, la muerte tuya que era mi muerte, que es mi muerte porque tú y yo somos uno. Sí, ahora lo comprendo. Ahora que todos mis vecinos me rodean y lloran al ver mi cuerpo ceniciento y amarillo. Lo comprendo todo, pero no te encuentro Anita, no te encuentro en ningún sitio, porque todo lo que mis ojos extinguidos ven, es tan elevado para mí que no lo entiendo. Estoy llegando a un punto que no sé si esto es real o es mentira, o si esto es el purgatorio o el infierno. Es más ni tan siquiera sé si pienso… Estoy demasiado confuso y empiezo a olvidarlo todo y todo se me mezcla. Recordaba tantas cosas… como que una vez a causa de unas fiebres fallecí y tuve una mujer bella a la que no amé y que fue la madre de mis dos hijos y que el más pequeño se llamaba Manolito. Manolito es el más gracioso. No sabe hablar y aún se tambalea cuando intenta andar. Se va apoyando en la pared y a veces cae de culo sobre el enorme pañal. ¡Aúpa! ¡Arriba, no es nada! La verdad que es el que más pena me da, pero también es al que más envidio. Después de todo se le ve tan feliz… Como siempre. Sonríe, grita y llora, pero sin entender nada de lo que está pasando. Desearía volver a tener su edad para no pensar más en esta muerte que me está mordiendo. Pero ahora que estoy conviviendo con las larvas eso es lo único que siento, el mordisco de éstas punzando mi carne.

 

-Anita te tengo miedo.

-¿Por qué?

-Porque te están saliendo dos bultos en el pecho.

-¿Pero qué dices sinvergüenza?

-Cállese abuelo, que ya he visto como se queda usted mirándome últimamente.

-¿Cómo te atreves a hablarme así?

-Es la verdad. Anda márchese.

-¡Zorra!

-Andrés esto se llaman pechos.

-¿Y para qué sirven?

-Pues…

-¿Me los enseñas?

-Yo a ti te enseño lo que tú quieras.

 

“Olvido y ya mis recuerdos se convierten en niebla. Aún así sé que una vez, la única vez, estuve enamorado de mi propia prima y recuerdo cuando me enseñó sus pechos, tan dulces, tan sabrosos. Ella reía, con una risa fresca como el agua de una jofaina por la mañana, y yo la besaba igual que se besan los novios al otro lado del río. Exploraba entre sus pechos de carne tibia y entre sus pezones alargados por la excitación, mientras ella reía, reía y reía. Creo que no he visto nada más bonito en mi vida.”

 

-¿Te gustan?

-Sí, mucho.

-Las tengo desde hace ya tiempo.

-Son muy bonitas. Creo que no he visto nada así en mi vida.

-A mí me gustan.

-¿Y para qué sirven?

-Pues…

-Me llaman. ¿No oyes las voces?

-Ese es el abuelo que está celoso.

-Ahora vengo.

-Yo te espero aquí en el cobertizo.

 

Estoy cansado, lo he descubierto. Cansado de este odioso velatorio, cansado del luto que guardan estos hombres y mujeres en siniestra procesión, y todavía me acuerdo de ti, Anita. El recuerdo tuyo, que aspiraba hacía tan sólo unos meses, me parece cada día más y más lejano, porque ahora estás muerta, la fiebre te tragó y me dejó huérfano, me quitó un pedazo de alma que ahora no encuentro y todo por tu culpa, o mejor dicho por la fiebre, o mejor dicho por la muerte, porque la muerte tiene los ojos verdes, y cuando mira con sus órbitas enfurecidas hace fallecer hasta al más gigante. ¡Qué triste me supo!

 

“Estoy cansado, lo he descubierto. Cansado de este odioso velatorio, cansado del luto que guardan estos hombres y mujeres en siniestra procesión, y es que todavía me acuerdo de ti, Anita. El recuerdo tuyo, que aspiraba hacía tan sólo unos meses, me parece cada día más y más lejano, porque ahora estás muerta, la fiebre te tragó y me dejó huérfano, me quitó un pedazo de alma que ahora no encuentro y todo por tu culpa, o mejor dicho por la fiebre, o mejor dicho por la muerte, porque la muerte tiene los ojos verdes, y cuando mira con sus cóncavas de fuego enfurecido hace morir hasta al más gigante. ¡Qué triste me supo todo!

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-Anita, Anita ya vengo.

 

Tus suspiros de orgasmo, me dejaron sin aliento, en cuanto vi a mi hermano encima de ti. La verticalidad duele ¿verdad? Lo mismo dice mi madre, que un día se lo oí hablando queda con mi tía. Me dejaste hundido, herido, mientras susurrabas palabras inconexas al oído de mi hermano, palabras perdidas y ahora gemías y llorabas, porque la verticalidad duele. Anita, tú ya no reías, al menos yo no lo veía, pero supe que en el fondo te reías de mí, de mi hermano, de todo y juré mientras os observaba entre la maleza que algún día serías mía, mía para siempre y es por ello que aguardo contemplando los campos castellanos de trigo requemado, a las mujeres y hombres de luto y a la de los ojos color pantano.

 

Tus suspiros de orgasmo, me dejaron sin aliento, en cuanto vi a mi hermano encima de ti. La verticalidad duele ¿verdad? Lo mismo dice mi madre, que un día se lo oí hablando queda con mi tía. Me dejaste hundido, herido, igual que una Biblia a los ojos de un ateo, mientras susurrabas palabras inconexas al oído de mi hermano, palabras perdidas y ahora gemías y llorabas, porque la verticalidad duele. Anita, tú ya no reías, al menos yo no lo veía, pero supe que en el fondo te reías de mí, de mi hermano, de todo y juré mientras os observaba entre la maleza que algún día serías mía, mía para siempre y es por ello que aguardo contemplando como una piedra más los campos castellanos de trigo requemado, a las mujeres y hombres de luto y a la de los ojos color pantano.

 

-Hola.

-¿Qué haces aquí sentada entre la hierba?

-Espero a tu hermano

-¿Por qué estás con las tetas fuera?

-Se las estaba enseñando a tu hermano.

-Son muy bonitas.

-Lo sé. ¿Pero qué haces?

-Te las toco.

-¿Pero qué haces?

-Te las beso.

-¿Pero qué haces?

-Te desnudo.

-¿Pero qué haces?

-Te hurgo entre las piernas.

-¿Pero qué haces?

-Nada.

 

La verdad, debo confesarlo, es que cuando os vi a mi hermano y a ti, tan pegados y con un diálogo tan ahogado, sentí como un puñal me segaba el pecho, pero he de decir también que mi sexo se abrió como un capullo al alba y, excitado, me entraron ganas de participar con los dos y me puse mojado.

 

La verdad, debo confesarlo, es que cuando os vi a mi hermano y a ti, tan pegados y con un diálogo tan ahogado, sentí como un puñal me segaba el pecho, pero he de decir también que mi sexo se abrió como un capullo al alba y, excitado, me entraron ganas de participar con los dos y me puse mojado.

 

-Mamá ¿por qué lloras?

-Hijo mío abrázame.

-¿Por qué?

-Calla. La prima Anita ha muerto. La fiebre se la tragó.

 

-Ya eres mayor hijo mío.

-Lo sé padre.

-Y eres el único hijo soltero que me queda.

-Lo sé padre.

-Te he buscado esposa.

-Madre ya me lo ha dicho.

-Bien, pues no se hable más. Te casarás con Manuela dentro de un mes. Sus padres están de acuerdo. Es una buena muchacha y estoy seguro que con el tiempo sentirás cariño hacia ella.

-Pero…

-No quiero peros. He hablado y así se hará.

-Está bien padre, usted manda.

 

No sé por qué en mis sueños siempre te imaginé de blanco. Yo te esperaba en el altar y entonces tú venías con el velo mecido por el viento. Estabas guapísima. En tu cara se veía una alegría que contagiaba a mi corazón y, mientras el cura murmuraba sus palabras de piedra, tú y yo nos mirábamos con luz deseosos de probar nuestras carnes. Luego repicaban las campanas y la gente gritaba, pero nosotros ya no estábamos allí. Envueltos en una burbuja yo recorría mis labios por tu piel tibia.

 

No sé por qué en mis sueños siempre te imaginé de blanco. Yo te esperaba en el altar y entonces tú venías con el velo mecido por el viento. Estabas guapísima. En tu cara se veía una alegría que contagiaba a mi corazón y, mientras el cura murmuraba sus palabras de piedra, tú y yo nos mirábamos con luz deseosos de probar nuestras carnes. Luego repicaban las campanas y la gente gritaba, pero nosotros ya no estábamos allí. Envueltos en una burbuja yo recorría mis labios por tu piel tibia.

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-¿Estás nerviosa?

-Mucho.

-Tranquila, mírame a los ojos.

-Me da vergüenza.

-No es malo lo que vamos a hacer.

-Pero, no sé, me siento sucia.

-Es algo normal. La gente que se casa lo hace y tú y yo nos acabamos de casar.

-De acuerdo. Pero no me mires

-Al menos levanta la cabeza y mírame a los ojos.

-No, por favor. Hazlo rápido y no me mires.

 

-Me casé con una mujer a la que nunca quise, pues yo sólo amé a una. A ti Anita.

 

-Me casé con una mujer a la que nunca quise, pues yo sólo amé a una. A ti Anita.

 

Todos siguen llorando, mientras miro a través de la ventana, contemplando la bóveda azul que ante mis ojos se abre. La lluvia de hace un rato ya ha cesado y ahora todo se cubre de ese color anaranjado y de hojarasca que tiene el otoño. Las gotas de lluvia que cayeran sobre el panel de la ventana se han secado y el sol comienza a salir de entre las nubes que lo tenían oculto, allá en el lejano horizonte. Sigo contemplando, mirando a izquierda y derecha, apoyado sobre el alféizar y dirigiendo mis ojos hacia la tapia del cementerio. Allí están los cipreses que se mecen por el lento vaivén al que son sometidos por la dulce brisa que cae sobre el pueblo. Aspiro, y el olor a tierra mojada que se desprende de los latidos del lodazal, penetra en mis pulmones. Pienso hacia atrás, hacia el presente, pero no hacia el futuro, porque el futuro, lo sé, ya no existe en mí, porque he muerto. Todos, a pesar de que en sus caras de surco habitan abundantes lágrimas, comienzan a esbozar una sonrisa. Mi madre, que ya no es mi madre, me abraza, y saliéndose de su recato habitual, me besa en la boca. La aparto suavemente y con una dosis de duda, pero también con cierto temor, me miro en el espejo. El espejo devuelve el reflejo de mi padre. Doblo el cuello hacia la izquierda, hacia donde se encuentra el cadáver que ha motivado este velatorio, esta sesión de negro. Allí, pálido, yace el cuerpo inerte de un niño de diez años.

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