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Los viajes de Gulliver
Recientemente he tenido el impagable placer de disfrutar de la lectura de Los Viajes de Gulliver, del irlandés Jonathan Swift. Desde hacía tiempo, tenía mucha curiosidad por leer el libro, sobre todo porque sabía que su protagonista, Lemuel Gulliver, no se había reducido a viajar al país de los enanos y al país de los gigantes, sino que por contra había realizado más viajes, de los que yo sabía poco o nada.
Los Viajes de Gulliver narra las peripecias de Lemuel Gulliver, un médico de la marina, que sufre a lo largo de su carrera, una serie de naufragios, que lo llevarán a conocer extraños lugares como Liliput (el país de los enanos), Brobdingnag (el país de los gigantes), Laputa (el país de los científicos) y el país de los caballos u houyhnms. Escrito en la primera mitad del siglo XVIII, los Viajes de Gulliver constituyen un precedente claro de la ilustración y tuvieron su influencia en personajes como Voltaire o William Godwin. Por tanto, lejos de ser un libro de literatura infantil y juvenil, o simplemente de aventuras -género en el que se le suele encajonar- la obra de Swift tiene un alto componente satírico contra la política de su tiempo. Por boca de Gulliver vamos conociendo las costumbres de los distintos pueblos, cosa que Swift aprovecha para poner en evidencia la bajeza moral de las instituciones británicas. Swift no deja títere con cabeza y no duda en lanzar sus dardos contra la corrupción, la tiranía, los políticos, los abogados, las leyes,... Pero cometeríamos un error si sólo redujéramos a sátira política los viajes de Gulliver, ya que el autor nos está proponiendo un nuevo tipo de moral. Moral a la que añadiría las luces de la ilustración el filósofo Kant y su papel transformador el ruso Bakunin.
En este mismo sentido, sorprende que siendo el viaje a Liliput el viaje más conocido de esta obra, sea quizás el de menor calidad literaria y que por el contrario, el de mayor calidad literaria, el del país de los caballos, sea el viaje menos conocido. Éste es el último viaje del protagonista y muestra algo que hemos sospechado a lo largo de todo el libro: que Swift no sólo tiene atributos literarios y es un agudo observador de su tiempo, sino que también tiene una gran calidad humana que lo convierte en un ser de especial sensibilidad. Al describirnos el país de los houyhnms, no sólo se nos está hablando del amor a los animales y a la naturaleza, sino también de la fuerza del amor, de la belleza, de la razón y de la virtud, y cuán alejado está el ser humano de estos principios merced a una sociedad corrompida y podrida. Y es que como diría el rey de los gigantes a Gulliver: "Has hecho un panegírico admirabilísimo de tu país. Has demostrado claramente que la ignorancia, la holgazanería y el vicio son los ingredientes necesarios para poder ser legislador; que las leyes las explican, interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y aptitudes radican en tergiversarlas, embarullarlas y eludirlas. Advierto en vosotros algunos trazos de una constitución que originalmente pudo ser aceptable, pero que se encuentran medio borrados, y el resto completamente desdibujados y emborronados por la corrupción. De todo lo que has dicho no parece que sea necesario ningún talento para la consecución de cargo alguno entre vosotros, y mucho menos que los hombres se ennoblezcan por la virtud, que los sacerdotes asciendan por su devoción y erudición, los soldados por su integridad, los parlamentarios por su amor a la patria y los consejeros por su sabiduría."
Sesión de negro
Hoy llueve sobre el panel de la ventana, intensas gotas de agua pesa y gorda se esparcen por todo el cristal, impidiendo mirar a través de él los rojizos campos castellanos en los que se respira otoño. Papá ha muerto. Hay mucha gente en la casa, todos ellos vestidos de ceremonioso negro. Lloran. Lloran, beben y se van. Sobre todo hay mujeres, amigas de mi madre o vecinas suyas, que al fin y al cabo es lo mismo. Algunas lanzan espantosos lamentos, exagerados, y abrazan a mi madre blanca y joven, enferma en estas jornadas de luto. Papá ha muerto, pero los campos siguen igual. Mamá y las mujeres lloran, pero los campos siguen igual.
En los hombres es diferente, ninguno cede a que en sus ojos castaños y negros sobresalga una lágrima o una emoción. Todos hablan en voz baja. Seres endurecidos todos ellos, curtida la piel por el esfuerzo físico que supone trabajar en esos campos de trigo de una España profunda que se quema. En algunos de esos hombres de rostro anónimo chispas de fuego salen de sus ojos –a pesar de que afuera en la calle llueve- y sonrisas furtivas afloran en sus secos y desgarrados labios –a pesar de que esto es un velatorio vestido de negro-.
De pronto los ligeros murmullos y los lamentos que rompían el silencio cesan. Lleva un sombrero de ala ancha totalmente negro y un gran vestido que le cubre los pies y que está lleno de barro en los faldillos. Está empapado por la lluvia y su cara que es más pálida que la de mi difunto padre gotea como si de una esponja se tratara. Me sonríe y me da unas palmaditas en la cabeza, me abraza y me dice que lo siente. Sonríe a todo el mundo, los saluda con un hola y se acerca a mi madre, tan blanca y tan buena, y con voz ronca como si le faltara el aliento dice:
-Te acompaño en el sentimiento Manuela, lo siento mucho.
Se escucha un rayo y el cielo tiembla. Por las mejillas de mi madre resbalan las lágrimas.
-Papá ¿Qué es el cielo?
-Lo que tenemos arriba.
-Pues mamá dice que allí vive un hombre que lo vigila todo. El señor cura se lo ha contado.
-¿Eso es lo que dice mamá?
-Sí, eso dice.
Mi hermano Manolito es el más gracioso. No sabe hablar y aún se tambalea cuando intenta andar. Se va apoyando en la pared y a veces cae de culo sobre el enorme pañal que madre le ha hecho. ¡Aúpa! ¡Arriba, no es nada! La verdad que es el que más pena me da, pero también es al que más envidio. Después de todo se le ve tan feliz… Como siempre. Sonríe, grita y llora, pero sin entender nada de lo que está pasando. Desearía volver a tener su edad para no pensar más en esta muerte que me está mordiendo. Afuera sigue lloviendo sobre los maduros campos de trigo recién sembrado. El cielo está vomitando. A pesar de todo la cosecha será pobre.
“Ay, Anita, Anita ¿Y tú ahora me abandonas? ¿Por qué cierras tus ojos como si fueras a dormir y no vuelves a despertar? La fiebre te tragó y nadie pudo hacer nada, ni tan siquiera yo. Entonces vino la muerte, la muerte tuya que era mi muerte, que es mi muerte porque tú y yo somos uno. Sí, ahora lo comprendo. Ahora que todos mis vecinos me rodean y lloran al ver mi cuerpo ceniciento y amarillo. Lo comprendo todo, pero no te encuentro Anita, no te encuentro en ningún sitio, porque todo lo que mis ojos extinguidos ven, es tan elevado para mí que no lo entiendo. Estoy llegando a un punto que no sé si esto es real o es mentira, o si esto es el purgatorio o el infierno. Es más ni tan siquiera sé si pienso… Estoy demasiado confuso y empiezo a olvidarlo todo y todo se me mezcla. Recordaba tantas cosas… como que una vez a causa de unas fiebres fallecí y tuve una mujer bella a la que no amé y que fue la madre de mis dos hijos y que el más pequeño se llamaba Manolito. Manolito es el más gracioso. No sabe hablar y aún se tambalea cuando intenta andar. Se va apoyando en la pared y a veces cae de culo sobre el enorme pañal. ¡Aúpa! ¡Arriba, no es nada! La verdad que es el que más pena me da, pero también es al que más envidio. Después de todo se le ve tan feliz… Como siempre. Sonríe, grita y llora, pero sin entender nada de lo que está pasando. Desearía volver a tener su edad para no pensar más en esta muerte que me está mordiendo. Pero ahora que estoy conviviendo con las larvas eso es lo único que siento, el mordisco de éstas punzando mi carne.
-Anita te tengo miedo.
-¿Por qué?
-Porque te están saliendo dos bultos en el pecho.
-¿Pero qué dices sinvergüenza?
-Cállese abuelo, que ya he visto como se queda usted mirándome últimamente.
-¿Cómo te atreves a hablarme así?
-Es la verdad. Anda márchese.
-¡Zorra!
-Andrés esto se llaman pechos.
-¿Y para qué sirven?
-Pues…
-¿Me los enseñas?
-Yo a ti te enseño lo que tú quieras.
“Olvido y ya mis recuerdos se convierten en niebla. Aún así sé que una vez, la única vez, estuve enamorado de mi propia prima y recuerdo cuando me enseñó sus pechos, tan dulces, tan sabrosos. Ella reía, con una risa fresca como el agua de una jofaina por la mañana, y yo la besaba igual que se besan los novios al otro lado del río. Exploraba entre sus pechos de carne tibia y entre sus pezones alargados por la excitación, mientras ella reía, reía y reía. Creo que no he visto nada más bonito en mi vida.”
-¿Te gustan?
-Sí, mucho.
-Las tengo desde hace ya tiempo.
-Son muy bonitas. Creo que no he visto nada así en mi vida.
-A mí me gustan.
-¿Y para qué sirven?
-Pues…
-Me llaman. ¿No oyes las voces?
-Ese es el abuelo que está celoso.
-Ahora vengo.
-Yo te espero aquí en el cobertizo.
Estoy cansado, lo he descubierto. Cansado de este odioso velatorio, cansado del luto que guardan estos hombres y mujeres en siniestra procesión, y todavía me acuerdo de ti, Anita. El recuerdo tuyo, que aspiraba hacía tan sólo unos meses, me parece cada día más y más lejano, porque ahora estás muerta, la fiebre te tragó y me dejó huérfano, me quitó un pedazo de alma que ahora no encuentro y todo por tu culpa, o mejor dicho por la fiebre, o mejor dicho por la muerte, porque la muerte tiene los ojos verdes, y cuando mira con sus órbitas enfurecidas hace fallecer hasta al más gigante. ¡Qué triste me supo!
“Estoy cansado, lo he descubierto. Cansado de este odioso velatorio, cansado del luto que guardan estos hombres y mujeres en siniestra procesión, y es que todavía me acuerdo de ti, Anita. El recuerdo tuyo, que aspiraba hacía tan sólo unos meses, me parece cada día más y más lejano, porque ahora estás muerta, la fiebre te tragó y me dejó huérfano, me quitó un pedazo de alma que ahora no encuentro y todo por tu culpa, o mejor dicho por la fiebre, o mejor dicho por la muerte, porque la muerte tiene los ojos verdes, y cuando mira con sus cóncavas de fuego enfurecido hace morir hasta al más gigante. ¡Qué triste me supo todo!
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-Anita, Anita ya vengo.
Tus suspiros de orgasmo, me dejaron sin aliento, en cuanto vi a mi hermano encima de ti. La verticalidad duele ¿verdad? Lo mismo dice mi madre, que un día se lo oí hablando queda con mi tía. Me dejaste hundido, herido, mientras susurrabas palabras inconexas al oído de mi hermano, palabras perdidas y ahora gemías y llorabas, porque la verticalidad duele. Anita, tú ya no reías, al menos yo no lo veía, pero supe que en el fondo te reías de mí, de mi hermano, de todo y juré mientras os observaba entre la maleza que algún día serías mía, mía para siempre y es por ello que aguardo contemplando los campos castellanos de trigo requemado, a las mujeres y hombres de luto y a la de los ojos color pantano.
Tus suspiros de orgasmo, me dejaron sin aliento, en cuanto vi a mi hermano encima de ti. La verticalidad duele ¿verdad? Lo mismo dice mi madre, que un día se lo oí hablando queda con mi tía. Me dejaste hundido, herido, igual que una Biblia a los ojos de un ateo, mientras susurrabas palabras inconexas al oído de mi hermano, palabras perdidas y ahora gemías y llorabas, porque la verticalidad duele. Anita, tú ya no reías, al menos yo no lo veía, pero supe que en el fondo te reías de mí, de mi hermano, de todo y juré mientras os observaba entre la maleza que algún día serías mía, mía para siempre y es por ello que aguardo contemplando como una piedra más los campos castellanos de trigo requemado, a las mujeres y hombres de luto y a la de los ojos color pantano.
-Hola.
-¿Qué haces aquí sentada entre la hierba?
-Espero a tu hermano
-¿Por qué estás con las tetas fuera?
-Se las estaba enseñando a tu hermano.
-Son muy bonitas.
-Lo sé. ¿Pero qué haces?
-Te las toco.
-¿Pero qué haces?
-Te las beso.
-¿Pero qué haces?
-Te desnudo.
-¿Pero qué haces?
-Te hurgo entre las piernas.
-¿Pero qué haces?
-Nada.
La verdad, debo confesarlo, es que cuando os vi a mi hermano y a ti, tan pegados y con un diálogo tan ahogado, sentí como un puñal me segaba el pecho, pero he de decir también que mi sexo se abrió como un capullo al alba y, excitado, me entraron ganas de participar con los dos y me puse mojado.
La verdad, debo confesarlo, es que cuando os vi a mi hermano y a ti, tan pegados y con un diálogo tan ahogado, sentí como un puñal me segaba el pecho, pero he de decir también que mi sexo se abrió como un capullo al alba y, excitado, me entraron ganas de participar con los dos y me puse mojado.
-Mamá ¿por qué lloras?
-Hijo mío abrázame.
-¿Por qué?
-Calla. La prima Anita ha muerto. La fiebre se la tragó.
-Ya eres mayor hijo mío.
-Lo sé padre.
-Y eres el único hijo soltero que me queda.
-Lo sé padre.
-Te he buscado esposa.
-Madre ya me lo ha dicho.
-Bien, pues no se hable más. Te casarás con Manuela dentro de un mes. Sus padres están de acuerdo. Es una buena muchacha y estoy seguro que con el tiempo sentirás cariño hacia ella.
-Pero…
-No quiero peros. He hablado y así se hará.
-Está bien padre, usted manda.
No sé por qué en mis sueños siempre te imaginé de blanco. Yo te esperaba en el altar y entonces tú venías con el velo mecido por el viento. Estabas guapísima. En tu cara se veía una alegría que contagiaba a mi corazón y, mientras el cura murmuraba sus palabras de piedra, tú y yo nos mirábamos con luz deseosos de probar nuestras carnes. Luego repicaban las campanas y la gente gritaba, pero nosotros ya no estábamos allí. Envueltos en una burbuja yo recorría mis labios por tu piel tibia.
No sé por qué en mis sueños siempre te imaginé de blanco. Yo te esperaba en el altar y entonces tú venías con el velo mecido por el viento. Estabas guapísima. En tu cara se veía una alegría que contagiaba a mi corazón y, mientras el cura murmuraba sus palabras de piedra, tú y yo nos mirábamos con luz deseosos de probar nuestras carnes. Luego repicaban las campanas y la gente gritaba, pero nosotros ya no estábamos allí. Envueltos en una burbuja yo recorría mis labios por tu piel tibia.
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-¿Estás nerviosa?
-Mucho.
-Tranquila, mírame a los ojos.
-Me da vergüenza.
-No es malo lo que vamos a hacer.
-Pero, no sé, me siento sucia.
-Es algo normal. La gente que se casa lo hace y tú y yo nos acabamos de casar.
-De acuerdo. Pero no me mires
-Al menos levanta la cabeza y mírame a los ojos.
-No, por favor. Hazlo rápido y no me mires.
-Me casé con una mujer a la que nunca quise, pues yo sólo amé a una. A ti Anita.
-Me casé con una mujer a la que nunca quise, pues yo sólo amé a una. A ti Anita.
Todos siguen llorando, mientras miro a través de la ventana, contemplando la bóveda azul que ante mis ojos se abre. La lluvia de hace un rato ya ha cesado y ahora todo se cubre de ese color anaranjado y de hojarasca que tiene el otoño. Las gotas de lluvia que cayeran sobre el panel de la ventana se han secado y el sol comienza a salir de entre las nubes que lo tenían oculto, allá en el lejano horizonte. Sigo contemplando, mirando a izquierda y derecha, apoyado sobre el alféizar y dirigiendo mis ojos hacia la tapia del cementerio. Allí están los cipreses que se mecen por el lento vaivén al que son sometidos por la dulce brisa que cae sobre el pueblo. Aspiro, y el olor a tierra mojada que se desprende de los latidos del lodazal, penetra en mis pulmones. Pienso hacia atrás, hacia el presente, pero no hacia el futuro, porque el futuro, lo sé, ya no existe en mí, porque he muerto. Todos, a pesar de que en sus caras de surco habitan abundantes lágrimas, comienzan a esbozar una sonrisa. Mi madre, que ya no es mi madre, me abraza, y saliéndose de su recato habitual, me besa en la boca. La aparto suavemente y con una dosis de duda, pero también con cierto temor, me miro en el espejo. El espejo devuelve el reflejo de mi padre. Doblo el cuello hacia la izquierda, hacia donde se encuentra el cadáver que ha motivado este velatorio, esta sesión de negro. Allí, pálido, yace el cuerpo inerte de un niño de diez años.
El reloj
Imaginen una gran ciudad con edificios de protección oficial en las afueras, un piso estrecho, pequeño, que sólo a ratos se hace cómodo. Allí vive el Sr. Remanto, un hombrecillo gris, que come comida congelada y sopa de bote, mientras entre bostezo y bostezo ve la televisión. Trabaja como oficinista desde hace tantos años que ya no sabría contarlos, y aunque es cierto que muchos lo podrían considerar un empleado modélico en el sentido de que siempre llega puntual, siempre sonríe al resto de sus compañeros con actitud servicial y siempre es el último en abandonar su puesto cuando a la caída de la tarde acaba la jornada, por otra parte nunca ha destacado en su trabajo y permanece en el mismo puesto desde el día en que llegó: en una gran sala dominada por un enorme reloj, con cien oficinistas más, sentado en torno a una estrecha mesa de aglomerado, con espacio para una máquina de escribir, un teléfono de ruedecilla y un taco de los papeles amarillentos con el membrete azul típico del departamento de contabilidad demográfica. Hombre silencioso y tímido, su relación con los demás compañeros jamás ha pasado de las conversaciones triviales alrededor de la máquina de café, pasando inadvertido para la mayoría de éstos. Sin embargo hoy todo va a cambiar, todo va a comenzar a ser distinto, porque no hará ni diez minutos que han llamado a nuestro protagonista a la planta de arriba. Allí el Gran Jefe lo espera.
Esa misma mañana se levantó a su hora de siempre. Su señora roncaba de espaldas a él y con cuidado para no despertarla se calzó sus zapatillas y aún adormilado se dirigió al cuarto de baño. Se miró al espejo y al ver su reflejo le invadió una sensación extraña, como si aquel tipo que veía con el pelo revuelto y el pijama gastado fuera otro, una tercera persona. Sin dar mucha importancia a aquello se dirigió a la cocina y al abrir la nevera para coger la leche y prepararse el primer café del día, de pronto decidió alterar esa pequeña rutina, ese hacer de todos las mañanas y entonces recordó que la noche anterior tuvo un vago pensamiento sobre ello, sobre su reiterativa vida, que se vio interrumpido por los gritos de euforia de una chica que había ganado un coche en un concurso de la tele.
Rápido, bajó al economato de su calle y compró zumos, huevos y pan recién hecho. Después de desayunar prendió su primer cigarrillo del día mientras miraba por la ventana, en lugar de hacerlo en el coche camino del trabajo como siempre había sido, coche que se negó a coger aquella mañana, eligiendo el metro como medio de transporte.
Este había sido el primer día desde que llevaba trabajando en la oficina que había llegado tarde. Tan sólo un escaso cuarto de hora, pero el tiempo suficiente para que el bedel del edificio lo mirara con cara de cierta sorpresa cuando lo vio aparecer. Sus compañeros por su parte apenas repararon en su tardanza y cuando entró en la oficina, apenas cesó el traqueteo de las máquinas de escribir, tan sólo alguno que otro levantó un momento la cabeza e hizo una mueca que se asemejaba a un saludo.
La puerta del despacho del Gran Jefe se abre. La secretaria le anuncia que ya puede entrar. El Sr. Remanto sólo ha visto al Gran Jefe un par de veces en su vida. Nunca se pasa por la planta baja donde él trabaja, permaneciendo siempre en su despacho en la planta de arriba. El Gran Jefe es un tipo corpulento con cabeza pequeña y manos grandes y gordas, ni viejo ni joven. Habla serio, falsamente condescendiente y en algún momento adopta un tono de ofendido. Nuestro protagonista aguanta el rapapolvo como puede, contesta educadamente, pero nervioso y balbuceante, y promete que nunca más volverá a ocurrir. Inventa una excusa tonta sobre la marcha, con apenas un hilo de voz comenta que sí, que conoce las normas perfectamente, pero que las cosas a nivel personal no le están yendo muy bien y que por eso hoy ha mirado el reloj. El Gran Jefe con aire paternal le pregunta si necesita algo, que si puede hacer alguna cosa que esté en su mano que no dude en recurrir a él, pero que ya sabe de sobra que una de las principales normas de la casa es que sólo hay un reloj, un enorme reloj que domina toda la sala donde trabaja y que mirarlo es una señal de poca atención en el trabajo, y en última instancia de no considerar éste ni importante ni interesante, que en caso de reincidir podría significar la apertura de un expediente o incluso el despido. Al final tras un fuerte apretón de manos el Gran Jefe se permite hasta bromear un poco.
Cuando la puerta del despacho del Gran Jefe se cierra tras de él, el Sr. Remanto comienza a descender por las escaleras que llevan a la planta baja. Allí un enorme reloj domina una fría sala donde un montón de oficinistas teclean sus máquinas de escribir o atienden alguna llamada telefónica. De pronto un fogonazo, una luz como un relámpago. El vago pensamiento interrumpido por los gritos de una histérica concursante, el reflejo de otro en el espejo o sustituir el café de por las mañanas, fumar el cigarrillo mientras se mira por la ventana, no coger el coche o llegar tarde a la oficina… sólo es el principio del camino. Con decisión, el Sr. Remanto agarra una silla y la pone justo enfrente del reloj. Se sienta y lo mira fijamente.

