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centaurodeldesierto

Sionismo y judaísmo. Una relación inexistente

Nuevamente la editorial de Alfonso Sastre y Eva Forest nos ofrece un interesante libro, de esos que marcan distinto paso a la corriente general. En esta ocasión tenemos ante nosotros La amenaza interior. Historia de la oposición judía al sionismo, del profesor de la universidad de Montreal Yakov M. Rabkin, especialista en historia soviética y estudioso de la Torá[1]. No nos encontramos ante un integrante o ideólogo de la izquierda como la editorial Hiru nos tiene acostumbrados, sino todo lo contrario, ya que Rabkin es un ultraortodoxo judío que desde su judaísmo militante lanza una dura crítica contra el movimiento en el que se basa el estado de Israel, el sionismo. Es por ello que estamos ante un libro muy controvertido y desde luego polémico, en el que se trazan ideas y argumentaciones que en más de una ocasión pueden resultar más que discutibles para el lector medio del siglo XXI, acostumbrado a moverse en los campos de la razón y no de la fe. Sin embargo, ello no le resta valor a La amenaza interior, ya que su tesis principal no se ve afectada, pues se argumenta desde un profundo conocimiento de las fuentes judaicas de carácter normativo y no a partir de dogmas de fe. De este modo, demostrando un gran manejo de la Torá y de los textos talmúdicos y, apoyándose en escritos rabínicos, Rabkin nos viene a demostrar como el sionismo es extraño al judaísmo y no, como continuamente se nos hace ver a través de los medios de comunicación y como pretenden hacernos creer los sionistas, una ideología que se ensambla perfectamente a esta religión monoteísta. De esta manera, el pueblo judío no es una entidad racial o étnica, sino un grupo cuya alianza con Dios en el monte Sinaí continúa definiendo su especifidad. Es decir lo que define al judío es su religión y el cumplimiento de la Torá y no otros factores, caso de una comunidad nacional.[2] Para el autor esta idea de comunidad nacional es ajena a la tradición hebrea, ya que históricamente los judíos han de integrarse en las naciones de las cuales son ciudadanos, promoviendo sus instituciones en pos del bienestar común y no creando un estado de carácter esencialista que obvia a las poblaciones autóctonas.

Quizá el aspecto más interesante del libro sea como pone en evidencia la vacuidad de los principios fundamentales del sionismo. De este modo, una de las tesis fundacionales del estado de Israel es que al no poder integrarse en su país de acogida, al judío la única solución que le queda es recurrir al éxodo en masa a Jerusalem[3]. Cosa que se explicita en algunas festividades y oraciones en las que se habla de la vuelta a Tierra Santa. Sin embargo, como bien aclara el autor cuando se proclama esto “lo que ellos buscan es más bien la perfección mesiánica, el arribo de un mundo que comprendería, entre otros, un retorno –operado por Dios- del pueblo judío a la tierra de Israel[4]. Por tanto estamos ante una alegoría, una confianza en el esfuerzo espiritual que tiene como objetivo alcanzar en paz la Tierra prometida, razón por la que la conquista militar auspiciada por el sionismo de lo que para el judaísmo es su lugar más sagrado no sería más que “una blasfemia, una usurpación de la prerrogativa divina que mina la alianza de los Hijos de Israel con Dios[5].

Otra perversión que a juicio de Rabkin introduce el sionismo es su visión de la historia con todo lo que esto acarrea. De esta manera la tradición judía siempre ha observado el pasado como un camino de enseñanzas morales. “El objetivo de su misión es impedir que el pueblo sucumba a la tentación de reemplazar a Dios y de atribuirse a sí mismo el rol de actor exclusivo de la historia[6]. Sin embargo, el nacionalismo judío frente a este camino introspectivo favorece el aprendizaje y la hagiografía de los mitos fundadores del nuevo estado, de los grandes sionistas o de algunos personajes de la historia judía. Es decir, se ha recurrido a lo que ya Hobsbawm denominó la “invención de la tradición”, construyéndose un pasado imaginado, y, así, se ha acudido a sectas del siglo I como los celotas para establecer sus antecedentes, o a los macabeos para justificar su recurso a la fuerza.[7] Sin embargo, esta invención de la tradición no sólo queda ahí, también se ve en el lenguaje, transformándose una lengua que sólo se usaba en las oraciones, en un idioma vernáculo y nacional que transforma los conceptos judaicos tradicionales, razón por la que para muchos judíos piadosos el hebreo se convierte en un símbolo del sionismo. Así, bitajon “confianza en Dios”, se le atribuye el sentido de “seguridad militar” o keren kayemet “fondo permanente”, que originalmente significa la acumulación de méritos en esta vida antes de ser usados en una vida futura es transformado para referirse al Fondo Nacional Judío, organismo financiero del gobierno sionista. Según Rabkin “esta transformación no es casual: tiende a alejar al nuevo hebreo de las fuentes de la tradición, y al mismo tiempo a acercar a los judíos tradicionales seducidos por los términos familiares[8].

El antisionismo de Rabkin aparece en esta obra bien argumentado, llegando incluso a afirmar que el proyecto sionista es el principal peligro de antisemitismo. El intento de sustituir los preceptos del judaísmo e imponer las creencias y bases fundacionales del estado de Israel, el intento de hacer sinónimo sionista y judío, precisamente cuando éste atenta continuamente contra los derechos humanos, no hace sino eliminar la identidad hebrea, a la vez que fomentar el antisemitismo.

Ahora bien, si hemos señalado que el principal logro de La amenaza interior es mostrar como el sionismo es extraño a la tradición judía y como pone en evidencia las bases fundamentales en torno a la que se articula el estado de Israel, esto no quiere decir que la obra se preste a carencias, cosa que abunda en ella. Quizás la más a destacar sea a la hora de explicar los orígenes del sionismo y la violencia que genera el estado de Israel, ya que de manera persistente intenta encontrar su génesis en los estertores del zarismo en Rusia, lo que a veces le lleva a hacer delirantes aseveraciones:

El choque, la ira y la frustración que provocan los progroms entre muchos de los judíos rusos se canalizan en primer lugar hacia los partidos radicales y clandestinos, que predican un recurso sistemático de la violencia. Los judíos inundan los movimientos contestatarios rusos pero, al mismo tiempo crean algunos que son específicamente judíos (particularmente el movimiento Bund, los grupos de autodefensa contra los progroms y los diferentes partidos sionistas). La atmósfera de nihilismo y el desprecio por la vida humana engendran un terrorismo cuya sombra sigue pesando sobre el mundo. Algunos observadores asocian a este herencia ideológica rusa del siglo XIX la historia de los actos terroristas, incluyendo el terrorismo en Oriente Medio y el espectacular ataque contra las Torres Gemelas en Maniatan, en 11 de septiembre de 2001”[9]. Y es que de acuerdo podemos estar en que los orígenes del sionismo habría que buscarlos en esas coordenadas de espacio y tiempo, pero a partir de ahí elaborar paralelismos entre el terrorismo que sacudió la Rusia prerrevolucionaria y el del estado israelí hay un trecho[10], ya que como afirma el historiador Benny Morris “La ideología y la práctica sionistas eran necesarias y esencialmente expansionistas. A fin de hacer del sionismo una realidad, había que organizar y enviar a judíos a Palestina. Cada colonia que se implantaba se daba cuenta de una manera muy aguda de su aislamiento y vulnerabilidad, por lo que buscaba naturalmente establecer otras colonias alrededor de ella. Esto hacía a la colonia original más “segura”, pero las nuevas colonias se convertían así en “la línea de frente” y tenían necesidad de “nuevas colonias a fin de defenderlas”[11]. A su vez, el autor trata de realizar paralelismos entre el bolchevismo y el sionismo, y como uno ha influido claramente en el otro[12]. Esta comparación, se aparece de varias formas en el libro, si bien de manera muy forzada, haciendo que el autor se guíe más por su anticomunismo que por un análisis severo de los hechos. En definitiva, el autor incide mucho en la influencia rusa y soviética en el desarrollo del sionismo y por ende del estado de Israel[13], obviando que éste no ha seguido los pasos de la URSS , sino que por el contrario desde su fundación ha sido el gran aliado de los Estados Unidos en la región.[14]

Evidentemente en un libro que habla del sionismo no se podría dejar de hablar del Holocausto judío a manos de los nazis, la Shoah. Éste es sin duda el capítulo más polémico del libro ya que en él el autor pone de manifiesto la indiferencia de los sionistas hacia la Shoah y las restricciones que estos pusieron para que los judíos de Europa no huyeran a otro lugar si no era a Palestina[15], aparte de poner en claro el carácter selectivo de esta emigración[16]. De este modo, Rabkin viene a deslegitimar uno de los principales argumentos del sionismo a la hora de conformar el estado de Israel, ya que el Holocausto según esta ideología vendría a demostrar los peligros que amenazan a los judíos en la diáspora. De igual manera, que sería la prevención de otra Shoah lo que haría recurrir a Israel al militarismo contra los países árabes. Aparte, el autor nos muestra como los sionistas tras 1945 habrían intimidado y forzado a miles de sobrevivientes a expresar su deseo de instalarse en Palestina ante la Comisión de investigación anglo-norteamericana que les ofrecía posibilidades de ubicarse en otros lugares. “Estas acusaciones ponen de manifiesto lo que ha sido una constante en la política israelí, que considera a todo judío como un ciudadano israelí en potencia. La costumbre de “apropiarse” de los judíos de la diáspora, sobre aquellos que migran, se repite, aunque sea en circunstancias menos trágicas, a todo lo largo de la historia del Estado de Israel. Así, los gobiernos israelíes, cualquiera que sea el partido en el poder, intentan canalizar todo el flujo migratorio de los judíos hacia Israel, oponiéndose efectivamente al desplazamiento de los judíos soviéticos hacia los Estados Unidos y Alemania, de los judíos argentinos hacia Estados Unidos, de los judíos magrebíes hacia Francia, etc. Esta costumbre de tratar a los judíos de la diáspora como propiedad del Estado y de poner la razón de Estado por encima de la libertad individual…Esta pretensión de “poseer” a los judíos provocó críticas tanto en los círculos liberales como, con mucha mayor razón, de parte de quienes condenan el sionismo desde el punto de vista de la tradición judía”.[17]

Es más, Rabkin llega más lejos, comparando incluso en su definición de judío, en el culto a la fuerza y en la adoración al Estado a los sionistas con los nazis. Sin embargo, una cosa es encontrar ciertas similitudes entre el fascismo y el sionismo[18] en su afán por sustituir la religión tradicional por unos cultos de carácter laico, en su militarismo o en su culto al Estado y otra muy distinta es culpabilizar al sionismo de la Shoah, como se llega a insinuar en el libro.[19]

Aparte, en este capítulo en particular y en el libro en general, el autor va a recurrir a menudo a argumentaciones teológicas. Sí, ya señalábamos en los comienzos de esta reseña la militancia religiosa del autor, pero defender que la Shoah es un castigo divino fruto de los pecados del sionismo por su poca observancia de la ley judía es más un argumento propio de la Edad Media que del siglo XXI.[20] Algo similar se podría decir del tono peyorativo que da Rabkin al término laico y derivados. Al defender Rabkin que la identidad judía se basa en la obediencia a la Torá, se comprenderá su antipatía por el término, ocultando desde luego, primero los logros del laicismo desde el siglo XVIII y segundo el hecho de que hay un buen número de judíos que, para nada religiosos y declarándose antisionistas, no ven con buenos ojos los abusos continuos del Estado de Israel.

En definitiva, y a modo de conclusión, a pesar de sus excesos –análisis romos y en ocasiones risibles e irritantes, anacronías teológicas o ciertas aseveraciones en exceso vehementes-, nos encontramos ante un libro fundamental para explicar las bases de la religión judía y su escasa conexión con el sionismo y lo huero del corpus ideológico de éste. Corpus ideológico que como no duda en señalar Rabkin se acerca mucho al del fascismo con la sumisión total del individuo al Estado, la militarización de la sociedad, su racismo, o la imposición de unos cultos y una mística que, sustituyendo a la antigua religión, adquieren un carácter infalible e irrefutable. Ahora, cuando todavía el eco de la guerra del Líbano resuena, cuando todavía los gritos desesperados del pueblo palestino son desoídos por la comunidad internacional, aparece esta obra que tiende una mano al necesitado, al oprimido, y hace recordar que al contrario de lo que el sionismo pretende hacer creer, son muchos los judíos que ya sean religiosos, ya sean laicos, se muestran en total desacuerdo con la actuación de un estado que dice representarlos, pero del que desde luego no se sienten ni quieren ser parte.



[1] La Torá es el conjunto de textos normativos que se dan en el judaísmo y comprende la Torá escrita (Pentateuco, Profetas y Hagiografía) y la Torá oral (Mishná, Talmud, Midrash, así como comentarios y aplicaciones prácticas)

 

[2]El sionismo representa un movimiento nacionalista que persigue… transformar la identidad trasnacional judía centrada en la Torá en una identidad nacional a semejanza de otras naciones europeas” (página 21-22) “Cuando se habla del judío antes del siglo XIX se hace referencia a una connotación normativa: es aquél cuyo comportamiento debe seguir un determinado número de principios… La secularización cambia radicalmente la identidad judía: ella pierde su sentido normativo y se convierte en una identidad descriptiva. El judío tradicional se distingue por lo que hace o debiera hacer; el nuevo judío es judío porque lo es, sin ninguna otra expectativa o aspiración particular” (página 23)

[3] Para Rabkin aquí encontraríamos uno de los lugares comunes entre el sionismo y el antisemitismo. “Entre otros se señalaban tres principios sobre los cuales los sionistas y los antisemitas estaban de acuerdo: los judíos no son un grupo religioso sino una nación aparte; los judíos nunca podrán integrarse en su país de acogida; y finalmente, la única solución al problema judío era su éxodo”. (página 155)

[4] Página 147.

[5] Página 147.

[6] Página 33.

[7] La historia de los Macabeos se relata en la Biblia y nos habla de cómo ante los intentos del rey griego Antíoco de forzar a los judíos a la idolatría, estos liderados por sus gobernantes, la familia de los Macabeos, recurre a la fuerza. Sin embargo, para el antisionismo religioso esta rebelión estaría justificada ya que el judío puede recurrir a la violencia cuando bajo coacción de muerte pretenden imponerle la idolatría.

[8] Página 112.

[9] Página 190.

[10] Y menos buscar la conexión con el terrorismo islámico.

[11] Página 203-204. Esto relacionaría más los orígenes de la violencia en la zona con la creación de una frontera de exclusión, muy similar a la que se dio en los Estados Unidos en el siglo XIX. Para la historiadora Anita Aspira “la psicología sionista se forma por dos parámetros contradictorios: un movimiento de liberación nacional y un movimiento de colonización europeo de un país de Oriente Medio” (página 203).

[12]El partido Modelet (cuyo sitio en ruso en Internet modificó el eslogan de la Segunda Guerra Mundial “¡Por nuestra patria soviética!” y afirma hoy “¡Por nuestra patria judía!”), al apoyar la idea de la deportación de los palestinos, publica una entrevista con una periodista rusa israelí quien afirma que sin la experiencia histórica que han conocido los judíos soviéticos, los israelíes serían incapaces de hacerle frente a su destino histórico. Los israelíes de origen ruso son los que deberían guiar a la nación y purificarla de toda clase de ilusiones. Según ella, el Estado de Israel es la vanguardia del pueblo judío que estaría amenazado de un exterminio total en el mundo del siglo XXI” (página 202)

[13] Esto no quiere decir que ignoremos que el sionismo tuvo un gran predicamento entre muchos judíos socialistas, que incluso llevaron un modelo económico autogestionado y comunitario a tierra Palestina, el kibbutz, el cuál hoy, si bien más edulcorado en sus planteamientos transformadores, se sigue manteniendo en el actual estado de Israel.

[14] Precisamente, uno de los pasajes más interesantes del libro es cuando éste nos desvela un profundo movimiento sionista dentro del cristianismo evangélico que ve en la creación de Israel el preámbulo para la segunda venida de Cristo. Muchos de estos grupos están relacionados con la Casa Blanca de George W. Bush, dándose un gran aporte económico al estado sionista. Esto podría llevarnos a explicar algunas de las causas del por qué esa incondicional ayuda de los Estados Unidos a Israel, lo que no deja de producir cierta desazón cuando el argumento teológico cobra una gran fuerza.

 

[15] Así, en la página 324 de La amenaza interior se recoge un extracto del padre de la patria israelí David Ben Gurión a raíz de la Noche de los cristales rotos de 1938. “Si yo sabía que se podía salvar a todos los niños judíos haciéndolos pasar a Inglaterra, o bien enviar solamente la mitad de ellos a Palestina, yo escogería esta segunda opción, porque lo que está en juego no es solamente la suerte de esos niños, sino del destino histórico del pueblo judío”. Aparte, el autor añade un poco más adelante: “El rabino reformista Berger reprocha a los sionistas… haber hecho fracasar cada una de las iniciativas de salvamento de los judíos en Europa, entre ellas la decisión del presidente Roosvelt de encontrar, desde el comienzo de la guerra, países de asilo a los refugiados”. (página 325)

[16] En la página 327 Rabkin recoge unas declaraciones hechas en 1938 por Jaím Weizmann, futuro presidente de Israel: “Queremos únicamente gente instruida en Palestina a fin de enriquecer la cultura. Los demás judíos deben permanecer ahí donde están y hacer frente a la suerte que los espera. Esos millones de judíos no son más que el polvo en las calles de la Historia, y pueden dejarse llevar por el viento. No queremos que inunden Palestina. No queremos que Tel Aviv se convierta en otro guetto pobre

[17] Página 331.

[18] El padre ideológico de la derecha israelí, el ruso Vladimir Jabotinsky, era un gran admirador de Mussolini.

[19]…para diversas autoridades rabínicas el pecado que desencadenó la Shoah no sería otro que el sionismo. Así, serían los sionistas los que habrían provocado a “las naciones” por su arrogancia, los que habían perturbado la tranquilidad de los judíos en la diáspora, y los que habían impedido los esfuerzos de negociación y de salvamento llevados a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Los sionistas habrían declarado la guerra contra Hitler y su país mucho antes de la Segunda Guerra, habrían llamado a un boicot económico de Alemania y también habrían provocado la furia del dictador”. (página 320). Esto último es falso ya que Hitler desde su Mein Kampf pone de manifiesto su intención de exterminar a los judíos.

[20]No se trata de Dios que “esconde su rostro” o de “un eclipse de Dios” sino más bien de su manifestación activa en la historia.” (página 342)

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1 comentario

Rafael -

Kiloooo!! peazo de artículo chaval. Saludos desde conil y enhorabuena por tu blog pisha.

Muerte al sionismo y al estado nazi-fascista de Israel.
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