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centaurodeldesierto

Opinión

Nada es lo que parece

Ahora que todo el mundo mira hacia el mundial de Sudáfrica, sería conveniente recordar que hasta no hace mucho tiempo existió allí el régimen del apartheid, régimen racista que condenaba a la marginalidad a la población negra. También sería conveniente recordar como la prensa en general trataba al ya nonagenario y de aura casi mítica Nelson Mandela, al que tachaba de terrorista. Digo esto porque no me resisto a establecer un paralelismo entre la Sudáfrica del apartheid y el estado de Israel, estado que nos hace recordar que la impunidad todavía sigue existiendo y todavía se mantiene, por muy demócratas que nos creamos.

 

Mientras la ONU y eso tan etéreo que se llama comunidad internacional, plantean sanciones a los pequeños carniceros de Irán y Corea del Norte, el mundo de la banca, del estado y del capital calla y mira al otro lado ante los continuos desmanes de Israel al pueblo palestino. Ironías de la historia, como una reactualización de la pesadilla hitleriana, se crean campos de concentración en la franja de Gaza y se obra con total despotismo por parte del estado sionista-terrorista. Los verdugos se visten de víctimas y no dudan en atacar a una flota de barcos con ayuda humanitaria, muertos mediante, acusándolos de terrorismo y de colaborar con Hamás. Es el apelativo favorito de los amantes del orden establecido, del status quo, terrorismo. Todo aquello que atente contra sus parámetros con los que diseñan el orden mundial va acompañado de tan siniestro término. Curioso, porque los pasajeros de la Flota de la Libertad iban sin armas y sus víctimas eran tropas de élite del ejército israelí. Curioso, porque fue gente de esos verdugos vinculados a Al Qaeda, como ha dicho el embajador de Israel en España en unas declaraciones sonrojantes, los que cayeron bajo las fuerzas de los disparos.

 

En estos días en los que nada es lo que parece, en los que el surrealismo y lo grotesco se ha apoderado de las relaciones internacionales en el mundo, me pregunto como es posible que todavía el gobierno no haya ni hablado con los tres cooperantes españoles. Quizás porque prefiera más el beneficio que saca exportando armas a Israel que el oficio de gobernar a sus conciudadanos. Nos lo demuestran todos los días con llamadas a la clase trabajadora a apretarse el cinturón y reuniones de empresa con los amos del mundo, las víctimas del Club Billderberg.

Masa acrítica

 

En los últimos días, mis compañeros, la mayoría ellos siempre tan amigos del rebaño, andan revueltos, porque les han tocado la cartera con las medidas del gobierno. Como en todo siempre está el imbécil de turno, en este caso la imbécil. Persona que tras señalar que lo único que le importa es ella, hace alarde de patriotismo diciendo que su España está humillada y acaba apostillando que antes que a los socialistas prefiere votar a Blas Piñar. Evidentemente el asco, ya incluso físico, que me producen esas palabras y la persona que las dice me dan mucho que pensar. ¿Qué está pasando?

La verdad es que me siento muy cansado de mi gremio, el del profesorado de enseñanza y más todavía del profesorado de mi generación. Es un gremio pasivo e insolidario, aburguesado y adocenado, que lo único que le interesa es el estado de su cuenta corriente a fin de mes. No pretendo generalizar, pero sí que es cierto que entre las últimas catervas de opositores que de la noche a la mañana se convierten en funcionarios hay un tufillo de nuevo rico, de mirar por encima del hombro, de un clasismo que asquea. Hay mucho estúpido que porque tiene un par de hipotecas pagando dos casas, una de ellas en la playa, un coche imponente y está de letras hasta el cuello, se cree más que nadie. A su vez, este tipo de gente, están profundamente desideologizados, lo que los convierte en entes pasivos, sumisos e insolidarios, siendo por tanto incapaces de mostrar a su alumnado una visión crítica del mundo en el que vivimos. Primero porque para criticar hay que conocer, y segundo porque para conocer hay que saber, y son muchos los que no saben.

Este es un oficio, el de la enseñanza, que requiere de reflexión, no sólo por parte del alumno, sino también por parte del profesorado. Sin embargo, si el número de jóvenes que se están incorporando a la docencia conciben la vida como una eterna juerga de consumo desmedido ¿Dónde queda pues ese espíritu crítico necesario en toda generación para que la sociedad avance? No seré yo el que acuse del lamentable estado de la educación al profesorado, ya para eso hay informes de de sesudos sabios y normativa burocrática e inoperante. Pero por favor, no nos creamos la créme de la créme porque no lo somos.

Es evidente, con la que está cayendo, que dentro de la clase trabajadora a la que pertenecemos, somos unos privilegiados y disfrutamos de un tiempo libre que otros no tienen, pero no estaría mal que algunos asomaran las narices fuera de la burbuja de colores y olores y vieran y reconocieran no ya lo que pasa en África, sino lo que pasa en su misma calle. En definitiva estaría bien ser más solidario -palabra tan de moda que el neolenguaje ha vaciado equiparándola con caridad- y cabrearse porque el gobierno te va a quitar el 5% de tu sueldo bruto, pero no porque eso va a impedirte consumir un poco más, sino porque siempre pagan el pato del capitalismo los mismos, la clase obrera y trabajadora. La que Machado denominó: "la estirpe redentora que muele el fruto de los olivares, y ayuna y labra, y siembra y canta y llora". La que no tiene su sitio en los parlamentos y en los gobiernos. La que siempre estará destinada a la barricada.

 

Carrillo, Líster y oposiciones

Las causas que explican el prolongado silencio de mi blog se deben a que me encuentro en la recta final de las oposiciones. Queda poco más de un mes para el fatídico y ansiado día, y me encuentro entre legajos de papeles garabateados de años tras años, esquemas de lenguaje indescifrable a los que añado y quito cosas y por si fuera poco, ordenador va y viene, para ajustar una de las pruebas de dicha oposición. Todo ello añadido con el trabajo, que en ocasiones me absorbe más tiempo del que me gustaría.

En fin, ante semejante panorama no es raro que a veces salga a la calle a despejarme, a que me dé el aire. Suelo, cuando salgo, y si está cerca, visitar alguna librería y echar un vistazo a los libros, ojearlos, palparlos, olerlos... De pronto encuentro en la estantería Los viejos camaradas, del ya nonagenario Santiago Carrillo. Los medios se han encargado de publicitar a bombo y platillo el libro de este mono sabio de la transición. Una especie de lumbreras que se ha caracterizado por sus vaivenes políticos que lo han llevado de ser defensor del estalinismo a monárquico convencido y eurocomunista (él sabrá lo que es eso).

Abro el libro y confirmo mis sospechas, la última obra de este gurú, no es nada del otro mundo precisamente, tan sólo una serie de breves biografías de algunos de los militantes más sonados del Partido Comunista de España. Por curiosidad busco a Líster, el militar comunista que acabó con el Consejo de Aragón y sus colectividades de inspiración anarquista durante la Guerra Civil. Carrillo habla de ello y añade que Líster hizo esto sin derramar ninguna gota de sangre. Flaco favor a la memoria histórica. Lo de la amnesia y la impunidad se ve que es una constante en el ilustre Don Santiago, siempre falso amigo de la clase obrera. Definitivamente abandono la librería y vuelvo a sumergirme otra vez en las oposiciones.

 

El fascismo de todos los días

 

Hoy sin ir más lejos me ha ocurrido. Era un bar donde sirven una deliciosa cerveza de salmuera, coqueto, muy andaluz. De pronto la charla entre los dueños del bar y algunos de sus clientes comienza a pitarme los oídos, impidiéndome atender correctamente a mi deliciosa y querida compañía. Es una conversación de vísceras, de muy poca razón y mucha ignorancia. En ella se mezclan alusiones a la noticia de la expulsión de una niña de un instituto por llevar el hiyab, con manifestaciones racistas, alegatos supuestamente feministas y laicos y juicios y conclusiones xenófobas, todo ello aderezado y salpicado por chistes de dudoso gusto en los que se mofan de los negros.

Ayer también lo pensaba, qué llena está la tele de canales ultraderechistas, en los que se vanagloria a la figura de Franco, se niega el cambio climático, se cierran los programas con música militar o se hacen loas a la empresa privada y a sus excelentes resultados económicos. Todo ello con figuradas tertulias en las que salen varios tíos, una tía para dar el toque de color .que no sé por qué suele ser la más facha de todos- y un presentador que más que moderar, azuza el supuesto debate de los ideólogos de la España negra. Son los aguirristas que niegan el acceso a la escuela de la niña del hiyab, pero desean mantener los crucifijos en las aulas, las escuelas religiosas y los colegios concertados libres de inmigrantes. Todo englobado en un discurso perverso y manipulador con la correspondiente dosis de amnesia histórica. Normal que lo normal sean ese tipo de conversaciones de café. Normal que yo ya no vaya nunca más a pisar ese bar. Normal que apague la tele y ya lo único que vea sea el fútbol. Normal que me dé miedo el fascismo cotidiano de todos los días.

 

Esto lo arreglamos entre todos

Entre algunas de las cosas que he descubierto rastreando por internet, ha llamado mi atención un vídeo en el que aparece una serie de caras conocidas que pretende hacernos creer que para superar la crisis hemos de ser nosotros mismos los que hemos de tomar las riendas de la situación. Dicho así, ahora mismo me sumaría a semejante campaña. Sin embargo, el problema reside en cómo se pervierte el lenguaje, el neolenguaje que diría Orwell, en el que las cosas ya no significan lo que significaban antes. Con esta campaña se nos hace hincapié en que la crisis es una especie de estado existencial, que hemos de superar arrimando todos nuestro hombro, remando en la misma dirección, con ejemplos emprendedores de liarse la manta a la cabeza y montar tu propia empresa a pesar de las adversidades. Se nos dice que hay que ser valiente, que la crisis es como un monstruo al que hay que sacarle los dientes, y que no debemos acongojarnos por lo que nos señala la tele y a pesar de todo arriesgar e invertir nuestros ahorros en nuestro sueño: ser empresario, crear tejido productivo para nuestra sacrosanta nación.

A mí esto me recuerda a esas religiones y filosofías orientales que inciden en el equilibrio del universo y en estados de nirvana que te sitúan más allá del bien y del mal, y en la comunidad, paz y armonía de todos los seres humanos. Bonito mensaje éste, si no tuvieras un jefe cabrón que te estuviese chupando la sangre, un político que te clavara una puñalada por la espalda con la mejor de sus sonrisas o un banquero que te da por el culo, mientras a costa de tu hipoteca se pilla comodidades y lujos con los que ni siquiera sueñas. ¿Es entonces la crisis culpa de los gerifaltes del capital o es culpa nuestra que no somos capaces de salir de nuestro derrotismo de trabajadores?

Afortunadamente también ha habido gente que se ha dedicado a dar respuestas a tan reaccionaria campaña del progrerío de nuestra querida España. Sí, la fuerza está en nosotros, en remar en la misma dirección, en arrimar el hombro en un ejercicio de solidaridad y apoyo mutuo, pero para ser un agua que derribe la injusticia social que nos ha llevado a una crisis más del capitalismo, un sistema depredador al que hay que eliminar. De nada nos servirá esa postura que dice que la crisis está en nosotros y que en definitiva nosotros somos los culpables, porque los que han pagado el plato roto son los de siempre, y los que han salido indemnes han sido los de siempre. Por cierto, para hacer la revolución tampoco nos servirá la postura del loto.

 

Hugo Chávez

 

En el circo mediático en el que vivimos siempre aparece como enemigo público número 1 el presidente venezolano Hugo Chávez. Curiosamente es algo que consensua gran parte del espectro (por fantasma) ¿ideológico? de este país, desde el progrerío rancio de El País hasta la legión de hostia y sacristía de Intereconomía, pasando por los seguidores de El Mundo, dirigidos por los siniestros Pedro J. y Melchor Miralles. De continuo se nos presenta como un sátrapa, un dictador, que amenaza con recortar los pocos derechos humanos que quedan en la desvencijada Venezuela, un tipo que desde un plató de televisión y a golpe de micrófono derriba  los débiles cimientos de la democracia venezolana. Lo acusan de fascista y de comunista, de atentar contra la propiedad privada, de golpista... Y realmente a pesar de su retórica fanfarrona, no es ni lo uno ni lo otro, sino simplemente un populista. No es por desgracia un Robin Hood de esos que les quita el dinero a los ricos para dárselo a los pobres, sino un representante más de ese fenómeno tan latinoamericano que es el populismo, de gestos altisonantes y pomposo verbo, pero nada más. Hugo Chávez no está empeñado en promover una suerte de socialismo del siglo XXI, por más que su retórica remarque esto, sino en la creación de un polo en América Latina que marque un paso distinto al que señala el tutor de siempre, el Tío Sam. Pide una política propia, y eso supone tocar la fibra sensible de las clases populares, con el consiguiente enfado de los amigos de Telemundo, la gusanada de Miami y el artisteo reaccionario de musiqueo y telenovela.

No, no me gusta Chávez, menos aún -por si hay duda- los hermanos Castro. No me gusta su fanfarronerío, su populismo del tres al cuarto, que vaya de verde, ni tampoco su autoritarismo. Sin embargo, menos me gusta su blanca oposición, o los gobiernos pro-occidentales de Colombia, Perú o la golpista Honduras. Allí no sólo se acusa a la oposición y se atenta contra la libertad de expresión -fenómeno no reducido al ámbito venezolano o cubano-, sino que también se asesina a campesinos y a indígenas. Y si no, miren las páginas de nuestros periódicos mass-media, qué repletas están de noticias sobre la avanzada paramilitar en Colombia, el asesinato en la Amazonia de indios bajo el gobierno del amigo Alan García, o el apagón informativo que tras sus tuteladas elecciones sufre Honduras. Mientras, desde aquí le ponemos una diana a la cara de Chávez.

 

El pequeño Adrián

Hoy voy a hablaros del pequeño Adrián. Adrián es hijo de uno de mis mejores amigos. Es un niño con cara de ángel, rubio, muy guapo, risueño y listo como él sólo. El otro día fue la fiesta de su segundo cumpleaños y la verdad es que me queda un dulce recuerdo, pero también una agria reflexión. Era un día de invierno, la chimenea estaba encendida y chisporroteaba, todos los amigos y familiares estábamos dispuestos alrededor de la estufa mientras contemplábamos las andanzas del pequeño. Adrián saltaba, jugaba y con un balbuceo que a cada día que pasa se va haciendo más audible nos transmitía su alegría. El niño andaba como loco, de un lado para otro, con los ojos muy abiertos, sin saber realmente con que juguete de los muchos que le habíamos regalado los adultos echar la tarde. Cinco minutos con las piezas de construcción, ahora estrujar al perrillo que me han regalado los abuelos, inmediatamente después reírme con el trompo y la grúa con la que me hace burlas el primo grande...

Pobres niños con los adultos que les ha tocado, muchas veces ya no sólo queremos llenar nuestros vacíos existenciales con cosas, sino también sin darnos cuenta enseñar a los más pequeños que en el tener es en donde reside la felicidad y la alegría. El bienestar, la riqueza material, es lo que nos ha hecho caer en tan errónea creencia. Convertir fiestas de cumpleaños en una especie de reyes magos o fiestas de comunión en poco más que en bodas hará pensar a nuestros niños en que todo es fácil, que el esfuerzo no es un valor. Acumular cosas y más cosas nos impedirá realmente disfrutar. Afortunadamente el pequeño Adrián cuenta con unos excelentes y responsables padres, pero ¿cuántos críos no correrán esa misma suerte en este mundo de olores, colores y luces de neón?

A pesar de todo lo dicho, la velada de cumpleaños transcurrió feliz, y siempre quedará en mi recuerdo como Adrián pedía una y otra vez apagar las velas y como se le iluminaba la cara cada vez que soplaba. Estaba gracioso de verdad, como diría mi madre pa comérselo. Qué difícil ser un niño en el siglo XXI.

 

Donde las dan las toman

El juez justiciero, adalid del poder judicial, defensor de las causas de bombo y platillo, más por una cuestión de narcisismo que de creencia, sufre las consecuencias de una persecución ideológica. No serán pocos los que ponemos el grito en el cielo porque el juez defensor de causas perdidas es acusado de prevaricación por abrirle una causa al franquismo -que tuvo mucho de ruido y poco de nueces por cierto-. Una muestra más de lo que es este país y el régimen que se implantó tras la transacción en 1978: una democracia hecha a medida del poder franquista del momento, con unos cuantos temas tabú y que resultan intocables -como el caso de la guerra civil y de la dura represión fascista contra esa cultura democrática y/o revolucionaria-. La democracia de la amnesia, la de los que gobiernan de siempre, no pueden permitir que un tipo tenga la leve osadía de meter mano en una de las bases sobre las que se asentó la transición: la de la tabla rasa, la del miremos para delante sin mirar atrás, la de la mentira de la locura trágica y el todos perdimos, la de la ocultación del genocidio que se desató entre 1936 y 1939 y la posguerra.

Sin embargo, no habría que olvidar que como dice el refrán donde las dan las toman, y que Garzón también durante muchos años se ha dedicado a esa persecución ideológica contra el entorno de la izquierda abertzale. Abriendo procesamientos contra el mundo político vasco, que cuanto menos han tenido un carácter dudoso, clausurando periódicos y cerrando sedes de partidos. Y es que cuando se está a favor de la libertad de expresión se está con todas las consecuencias, independientemente de que el mensaje que se transmita nos guste más o nos guste menos. Aparte de que es evidente que no es lo mismo dar un mitin o pedir el acercamiento de los presos etarras a las cárceles vascas que apretar el gatillo, por mucho que nuestro Estado pretenda meter a todos en el mismo saco.

Cuando afirmo esto siempre me acuerdo de La Comuna de París, cuando anarquistas y comunistas debatían si era lícito cerrar el periódico conservador Le Figaro. Los anarquistas se negaron en redondo. Para ellos la libertad de expresión no era cuestión de papel y tinta, de orgullo narcisista, era una cuestión de creencia, de pura justicia. No había dobles raseros.