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centaurodeldesierto

Opinión

Capacidad de resistencia

El periódico progre por excelencia, Público, anunciaba hace unos días en su portada que la designación del nuevo ministro de Trabajo Valeriano Gómez significaba un giro a la izquierda en la política laboral del gobierno. Y la verdad es que uno no sabe si reír o llorar ante tan burdo lavado de cara. Paradójicamente este tipo es un alto dignatario de la UGT y él, que hace justo un mes se manifestaba contra la reforma laboral, será el encargado de dirigir su gestión en los próximos meses. Ante la enorme contradicción de llevar a cabo algo con lo que supuestamente estás en contra, el fulano no se despeina ni un momento e incide en que la reforma ya está aprobada –política de hechos consumados- y en la necesidad de retomar el diálogo entre empresarios y sindicatos –entiéndase CCOO y UGT-. Con su argumentación el tal Valeriano Gómez no viene sino a mostrar a las claras lo que su sindicato es: un ente burocrático aliado del Estado que está totalmente alejado de los intereses de los trabajadores y que hizo una huelga general más por justificar su razón de ser que por convencimiento.

Es evidente que había que salir a la calle el 29-S, que los recortes que estamos sufriendo los trabajadores son inadmisibles, pero sería importante tener claro que muchos de los aparentes defensores de nuestros intereses son falsos compañeros de viaje. Su misión es la desmoralización y la desmovilización. Tras su encontronazo con el gobierno en los últimos meses, prontamente los dos grandes sindicatos volverán a retomar el diálogo social, volviendo al redil, al amiguismo empresarial y a entonar las excelencias de un consenso que jamás podrá existir entre el capital y el trabajo; el currito de la obra decepcionado creerá aún menos en lo que se le vende por sindicalismo buscando si no lo hacía ya el sálvese quién pueda y el gobierno se las prometerá felices de cara a las próximas elecciones creyendo que por poner de director de orquesta al Valeriano Gómez de los cojones se va a atraer a sus bases izquierdistas, imprescindibles si pretende ganar al PP.

Al final, a pesar de que te lo esperas da mucha rabia porque ves cómo bajo el estado que te ha tocado vivir la capacidad de resistencia se va perdiendo a cada segundo que pasa, si no por una cosa por otra. He ahí el quid de la cuestión. He ahí la gran desgracia.

Las monedas de Judas

Escucho en mi puesto de trabajo –una sala de profesores de un viejo instituto público- comentarios sobre la huelga general que sitúan el discurso de los sindicatos como algo anquilosado con un lenguaje propio del siglo XIX. No sé si es la ignorancia que se dedica a reproducir lo que se nos dice por los medios de comunicación, mala fe o las dos cosas. Y es que equiparar el sindicalismo de clase y combativo de hace cien años con el de ahora de salón y perruno sólo es síntoma de no tener ni idea de lo que se está hablando. Es evidente que el capitalismo a lo largo de una centuria ha cambiado en muchas de sus formas; no en cambio en su contenido: esto es la explotación económica del hombre por el hombre, la desigualdad social y la connivencia del Estado y la ley con los sectores más acomodados.

Me causa una honda preocupación la insistencia de los medios de comunicación en criminalizar la huelga general, presentándola como un chantaje de CCOO y UGT, una cosa de tiempos pretéritos y no de este mundo de paraíso neoliberal o como algún dirigente político ha indicado la antítesis a la libertad. No es de extrañar por tanto que un gran número de medios –esos que han proliferado tanto en los últimos años con la TDT y que en cualquier otro país situaríamos en la extrema derecha- llenos de alborozo confirmaran sus propios vaticinios tildando a la huelga de fracaso y hayan lanzado titulares del tipo “Fracaso de la huelga borroka” (La Razón); cuando en realidad, aunque la movilización del 29-S no tuvo un seguimiento masivo en todos los sectores, sí que triunfó en los más productivos, caso de la industria, la construcción o el transporte. Y es que se ha insistido en la canalla que son los piquetes, en el derecho a “trabajar” de los que no quieren hacer huelga. Su supuesto derecho a ser un esquirol es la vía por la que su patrón con la complicidad del Estado y del gobierno arrebata sus derechos a sus compañeros. Las monedas de Judas.

Las excelencias de la empresa privada

Recientemente he tenido el dudoso placer de relacionarme de forma intensa con dos grandes multinacionales: la empresa de seguros suiza Zurich y el gigante hispano de las telecomunicaciones Telefónica. La impresión que he tenido en sendos encuentros ha sido la misma: la de que para ellos no soy más que un número, alguien a quien sacar la pasta a cambio de un pésimo servicio. La dinámica consiste en marearte como cliente, en hacer que te sientas impotente; en horas y horas al teléfono, mientras repites con uno y otro operador robótico tus datos personales y la situación que te ha llevado a requerir los supuestos servicios de la empresa de turno. Predomina un ambiente caótico ya que cada trabajador te repite de manera maquinal un protocolo que cuando termina cae en la improvisación más absoluta, de forma que al final cada cuál te dice lo que le sale de las narices; todo ello aderezado a veces con promesas del tipo “usted no se preocupe que mañana a primera hora…”, que luego se incumplen sin remedio como si las realizara un político. Y es que la calidad del servicio es peor, ya que llama la atención que el operador de una empresa de seguros de carretera por ejemplo no tenga ni puñetera idea de geografía y seas tú, cliente que demanda una ayuda porque el coche se te queda tirado y estás con los nervios de punta, el que le tenga que ilustrar sobre cual es la distancia que media entre un punto y otro.

Lejos de cargar las tintas contra el operador de la empresa -que por lo general es un pobre inmigrante sudamericano que subcontratado mantiene un puesto de trabajo en condiciones más que precarias-, cargo contra toda esa caterva de consejos de administración que como hienas buscan el máximo beneficio sin que tú consumidor les importes un carajo. Esos que jamás darán la cara y que ponen de parachoques del cabreo justificado del cliente al operador, el cuál recibirá un tropel de cursos en los que se le remarcará que debe de actuar como un ente maquinal sin atisbo de humanidad. Esos que aprovechan su situación de virtual monopolio para desde su posición hacerte agachar la cabeza y transigir hasta perder la dignidad. ¿Beneficios desorbitados metiendo la tijera por todos lados y a la vez garantizar un servicio bueno a los consumidores? Por mucho que se gasten en publicidad donde aparecen tíos y tías que sonríen me parece que no. Para que después los oráculos del capitalismo repitan hasta la náusea, como si se tratara de un dogma de fe, las excelencias de la empresa privada.

Tripas

Decía Chomsky cómo hay racismos que han sido superados y otros no. La razón de por qué la discriminación hacia algunos colectivos prácticamente ha desaparecido diría el famoso lingüista y politólogo se debe a barbaries muy sonadas cometidas hacia ellos a lo largo de la historia. El ejemplo más claro serían los judíos. En este sentido el horror que supuso Auschwitz significó el fin de ese sentimiento tan extendido en la mentalidad europea hasta la 2ª Guerra Mundial que era el antisemitismo. Sin embargo, a pesar de que lo que señala Chomsky tiene un gran poso de verdad, no se podría decir lo mismo del pueblo gitano, precisamente porque durante el nazismo también fueron duramente perseguidos en algunos puntos de Europa como los Balcanes o Hungría, siendo conducidos varios miles de ellos a las cámaras de gas por el mero hecho de ser romaníes.

Los recientes sucesos consistentes en poner a los gitanos como causa de muchos de los males que atañen a los países del Viejo Continente, no pueden sino producir a la vez que indignación, desasosiego. Comenzó hace unos tres años en la Italia de Il Cavaliere y de las Mamachicho. Entonces se vio como se expulsaba a miles de personas de sus míseras chabolas, se les reinstalaba y se les sometía a una rigurosa vigilancia policial, mientras que las hordas de Berlusconi y de la enferma Liga Norte aplaudían la acción con el mayor de los entusiasmos. Ahora le ha seguido la Francia dirigida por el siniestro Sarkozy. Puede que sean muchos los analistas que digan que esto no es sino un acto populista para recoger los votos de la extrema derecha gala, cada vez menos liderada por el Frente Nacional; la verdad es que poco importa. El caso es la poca catadura moral del personal, que no duda en reactualizar a Hitler para lograr sus fines. El problema es el racismo; las tripas antes que la razón y la cabeza. Goebbels antes que Rousseau.

Veo en la escalofriante Intereconomía como un grupo de hooligans que se hacen pasar por tertulianos hablan de que los que salen perdiendo si se mantienen los campamentos gitanos son los trabajadores. Es lo de siempre, aplicar el divide y vencerás entre el proletariado que paga la crisis que engendraron los banqueros y los amos del capital. Aquí en España la candidata al PP en Cataluña incurre en discursos xenófobos y en dar cuartelillo a las medidas del gobierno de Sarkozy para arañar algunos votos de los pocos que recibe en esta comunidad autónoma. Da miedo.

Llevan más de quinientos años viviendo en Europa, desde que llegaran desde algún punto de la India. A pesar de las barbaridades cometidas sobre ellos en tanto tiempo todavía hay muchos que sueñan con tirarlos al mar.

Crónica y contracrónica de un Mundial

Y el Mundial terminó… Atrás quedó el gol de Iniesta y el cabezazo de Puyol, la deslumbrante selección que hundió al gran equipo alemán comandado por Schweistiger, el genial partido por el tercer y cuarto puesto o el juego mezquino de Holanda en la final.

La TDT es un páramo en el que se conjugan cadenas absurdas con cadenas fascistas como la escalofriante Intereconomía y ante esto, si quieres acompañarte del murmullo del televisor, lo único que se puede ver es el fútbol, deporte al que me he reenganchado este último año. Imagino que también habrá influido la fiebre opositora en la que he estado inmerso hasta hace unos pocos días; reducido tu cerebro al nivel de blandi-blu, un poco de encefalograma plano inofensivo plasmado en tipos en calzones dándole patadas a un balón no está mal.

Decía Carlos Boyero recientemente que el mejor cine que se ha podido ver en estas semanas de julio es el mundial. Y es que tras una insufrible primera fase con alguna honrosa excepción, a partir de la fase de octavos se ha podido disfrutar de buen fútbol, con algunos partidos memorables como el España-Alemania y el Alemania-Uruguay; con un equipo, que es el que se ha llevado la copa, rebosante de talento, digno merecedor del campeonato por su juego y que entra en mi imaginario de selecciones míticas junto a la Francia del 98, la Dinamarca de los hermanos Laudrup o la República Checa subcampeona inmerecida de la Eurocopa del 96.

 

Se advertirá que en ello no hay ningún tipo de chauvinismo, ni de nacionalismo españolista. Me jode cuando suena la puñetera Marcha Real y Sergio Ramos mira al cielo con cara de sentido, los comentarios de hincha de camiseta de tirantas llena de manchas, sofá y cerveza de Camacho o la presencia del inefable Manolo el del Bombo. Se puede entender que para mucha gente el seguir a la selección española durante este mes ha sido como un paréntesis en sus vidas de hipotecas, paro y letras del coche, que ha supuesto un alivio frente al día a día ver los cambios de juego de Xabi Alonso o los regates de Iniesta. En un mundo en el que prima el individualismo y la atomización del personal en compartimentos estanco, el espejismo de sentirse parte de algo, que por una vez es positivo, une. Sin embargo, es sólo eso, un espejismo. Llama mi atención el uso en los acontecimientos deportivos de palabras como nosotros o nuestro, la utilización de la primera persona del plural, cuando en realidad los que han ganado el mundial es una plantilla de veintidós tíos y su entrenador y no cuarenta y siete millones de personas que vivimos en todo el estado español.

Por otro lado, me molesta el uso político que se hace del deporte en general y del fútbol en particular. Los maliciosos medios de comunicación aprovechan para insuflarnos de la correspondiente dosis de patriotismo con su uso del lenguaje, la constante venta de la monarquía y sus simpáticos holgazanes y un bombardeo constante en los noticiarios que cae en anécdotas que rayan la estupidez. Los perversos políticos y todo el aparataje estatal actúan según su convenio y mientras la gente mira a Sudáfrica se aprovecha para dar pistoletazo de salida a la Reforma Laboral o fallar contra el Estatut con un Tribunal Constitucional que no produce sino vergüenza ajena.

Ahora que afloran banderitas de España por todos los lugares sería bueno apelar a los intereses de clase y como el nacionalismo lo único que hace es dirimirlos y diluirlos. De seguro que mucha gente habrá sacado la rojigualda como el que saca la bufanda del Madrid o del Betis, que ni mucho menos el que ha apostado el trapito en cuestión en su ventana es un facha –de hecho el que únicamente se ondee la bandera para el fútbol irrita al facherío-; pero esto trae una contrapartida que es la normalización de un símbolo que durante mucho tiempo sólo ha sido un reflejo de los “buenos españoles” y que en definitiva no hace sino sepultar la memoria histórica de todo un pueblo.

Son muchos los sesudos contertulios que pretenden demostrar con las manifestaciones de apoyo a la selección lo calado que está el sentimiento nacional entre los habitantes de este estado nuestro y cómo las aspiraciones de catalanes o de vascos no son sino entelequias de cuatro gatos. Si el sentir español cada día está más enraizado en los jóvenes no es una consecuencia del fútbol, sino de un Estado cuyos tentáculos cada vez llegan a más sitios y de esa tele que reina en todos los salones de nuestras casas que borra el pasado para que no haya futuro.

Con esto del mundial ha habido de todo, incluso quiénes han querido solucionar de un plumazo los graves problemas económicos por los que atraviesa el país. Que al fin España saldrá de ese pozo en el que está sumida desde hace tanto tiempo, que por fin saldrá a flote la autoestima, que se pondrá coto al derrotismo que se arrastra… En definitiva que esto lo arreglamos entre todos, pero que por supuesto hay que ajustar el cinturón. No sé, yo me acuerdo de Grecia que ganó la Eurocopa en el 2004. ¿Qué dirán ahora los pobres helenos?

Por desgracia a esto del fútbol siempre le suele acompañar la caspa, Manolo Escobar cantando que viva España, el hincha de turno disfrazado de torero y haciendo pases con el capote, o los que sobre sus enfebrecidas cabezas sitúan el ilustre tricornio. Y es que cuando pensamos en lo que representa a la piel de toro ¿qué queda? ¿Los lugares comunes de la charanga y la pandereta? ¿El cine de barrio y el rollo cañí? Al final, lo único que representa a esto que llaman España es “la roja”, que aunque parezca un gigantesco símbolo tiene los pies de barro, afortunadamente. Por cierto… no puedo reprimir una sonrisa cuando escucho a los amigos de la España negra declamar contra el apelativo de la selección asustados al ver el fantasma de Marx por todas partes, aunque ay! esto del mundo del fútbol de alto standing por desgracia de rojo tiene poco y la faltriquera y el sonido de la caja registradora es lo que manda.

Sueños de fútbol

Siempre me acuerdo de él sobre todo en estas fechas de calor. Lo recuerdo con sus calzonas de rayas o azul marino, según el verano, y su torso desnudo, sus chanclas de andar por casa; con su café solo de sobremesa y sus brazos anudados a la espalda con un sempiterno cigarrillo en la mano. Trabajador infatigable desde su infancia, emigrante en Alemania como muchos otros españoles en los sesenta, las tardes de estío eran para mi abuelo un lapso de tranquilidad en la que se regocijaba con el deporte ante el televisor. Yo, niño, disfrutaba en su compañía de sus alegrías y de sus cabreos antológicos que siempre duraban tan poco.

 

Con él viví el espectáculo que era Induráin en la montaña y en la contrarreloj de los cinco tours que ganó, sus titánicos duelos con Rominger, los partidos de Arantxa Sánchez Vicario en Roland Garrós, el codazo de Tassotti a Luis Enrique o aquella maravillosa Dinamarca que con gol de Jensen y Vilfort ganó a Alemania en la Eurocopa del 92. Mis primeros recuerdos futboleros siempre estarán asociados a mi abuelo. El Madrid era el club de sus amores y todavía me acuerdo de cómo celebraba los goles de Hugo Sánchez y Butragueño, cómo se enfadaba porque Clemente no convocaba a Michel para la selección, cómo criticaba a Prosinecki nada más tocar la pelota o cómo se exasperaba cuando no se atacaba y los jugadores se relamían con el balón en el centro del campo para finalmente dársela al portero. En su compañía me acuerdo de aquella mítica final del Español en la copa de la UEFA, del gol que le metió Juanito del Betis a Busquets padre previa cantada, de cómo celebramos el penalti que tiró a las nubes Roberto Baggio y le dio el título a Brasil en el mundial de Estados Unidos, del invencible Milán de Sachi…

 

Ahora que España ha llegado a la final del campeonato del mundo de fútbol, evoco a mi abuelo al que una enfermedad se lo llevó hace ya años demasiado joven. Cuánto hubiera disfrutado con esta selección que juega tocando el cielo.

No estamos en el mismo barco

Hoy he visto como una cola enorme rodeaba toda la manzana de un edificio del INEM. Un buen amigo mío, desesperado, me dice que no sabe qué hacer con la crisis, que no ve salida. Los trabajadores del metro de Madrid son tratados como una panda de delincuentes irresponsables. Me descubro envuelto en conversaciones en las que oigo el defender los planes de ajuste, en los que se denuncia al prójimo ladrón que intenta recoger alguna migaja de este sálvese quién pueda (críticas al PER, al fulano que tiene un pequeño negocio y no lo declara, al que chanchullea para tener una beca…).

 

Escuchaba el otro día a Susan George, activista antiglobalización, comparar la situación actual  con los años 30, años de crisis y de peligrosa deriva totalitaria que culminaría con la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo y por desgracia (sniff) en nuestros días se carece de un movimiento obrero organizado que amenace con echar por tierra los sueños del capital.

 

En unos momentos en los que ver el telediario o leer el periódico cada día me produce más hastío y más asco, pienso que no queda otra, que debemos de unirnos todos los trabajadores para luchar contra este pésimo orden mundial, que no nos lleva sino a nuestra propia destrucción, y su legión de acólitos (politiqueo corrupto, tiburones banqueros y propagandistas que se tildan de periodistas). La salida no es en estos días de mundial de fútbol, un poquito más de nacionalismo y cohesión social, sino internacionalismo proletario y guerra de clases. No todos estamos en el mismo barco por mucho que se nos invite a que nos pongamos el cinturón en un acto de patriotismo.

Sentirse vivo

La vorágine de las oposiciones me ha impedido. En un estado de concentración y de tensión, en el que te juegas tanto, tu cerebro queda en un estado latente que sólo reacciona ante una serie de números que van del 1 al 72 y que no son otros que los del temario de las oposiciones. Poco a poco, casi sin darte cuenta tus temas de conversación se van acotando y sólo hablas del curro y del puñetero examen, cuando no te encierras en prolongados silencios. Tu cara va adquiriendo un color amarillento propio de la luz del flexo y la expresión de tu jeta invita al cachondeo continuo, tal es la cara de pardillo que se te queda. Babeante y ante el páramo que supone la TDT, la evasión la consigues siguiendo el Mundial de fútbol, aunque el partido de turno resulte insoportable y la retransmisión sea de lo más casposa.

 

De pronto a través de la caja tonta uno ve la luz… Un recorrido eléctrico que te traspasa desde la cabeza hasta los dedos de los pies. No es un pase genial de Messi, ni tampoco la belleza de las mujeres florero de la Sexta, ni mucho menos los discursos manidos de los políticos. No, la huelga del metro de Madrid consigue emocionarme, las palabras de los trabajadores que le han echado huevos al asunto y se han negado a los servicios mínimos me tocan la fibra, el conseguir paralizar una ciudad de cinco millones de habitantes unos currelas me arranca los aplausos, el que el peso de las reivindicaciones no lo tengan los sindicatos amarillos me abre un destello de esperanza, las declaraciones de la grimosa Esperanza Aguirre y su esperpéntico consejero de Transportes me cabrean y me hacen insultar al televisor. Enseguida caigo en la cuenta. Sigo estando vivo.