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centaurodeldesierto

Yes, we can

 

Todo el mundo lo aplaude allá por donde va. Como si de una estrella de cine o del mundo musical se tratara, la gente grita y quiere ser tocada por él. Al grito de Yes, we can no son pocos los que sueltan la lagrimita. Los periodistas le dedican al señor Barack Obama encendidos elogios, loando su retórica, lamentándose de que en España ya no hay políticos con la presencia y la estrella del primer presidente negro de los Estados Unidos.  Sin embargo, no puedo resistirme a la idea de que aquí hay trampa y hay cartón. De que si Obama ha llegado a la presidencia de un país como el de los Estados Unidos, es porque el capital del petróleo y amigo de Israel necesita de una cara amable y simpática, que aliente al personal con sus palabras ampulosas. No paran de hablarnos de sus gestos simbólicos, de sus propuestas políticas expuestas a bombo y platillo. Al final todo quedará en agua de borrajas y los que lo hicieron sentarse en el despacho oval de la Casa Blanca, llamarán, si no lo hacen ya, a su puerta, solicitando una recompensa por los servicios prestados.

Recientemente nuestro presidente planetario ha sido retratado en una entrevista mientras mataba a una mosca que le importunaba. Espléndida metáfora de lo que ocurre en el mundo. La brutalidad para imponer el orden mundial. El fin que justifica los medios. Un daño colateral en Pakistán, o intentar desestabilizar Irán acusándolo de pucherazo en los comicios cuando no resulta electo el candidato propuesto. El manotazo necesario que elimina al molesto insecto para garantizar la mejor y más confortable de las sonrisas.

 

Mi primera vez con la Benemérita

La verdad es que amor por la Benemérita no siento mucho que digamos. No es un rechazo irracional; por el contrario éste se basa en un profundo asqueo hacia su función como brazo ejecutor del Estado. Sin embargo, no pretendo hoy glosar las inmundicias y suciedades de tan patriótico cuerpo, sino más bien, mi primera toma de contacto con ellos. Luego ha habido varias más, quizás todas con un tinte algo absurdo, aunque la primera vez es siempre la primera vez, y eso, eso nunca se olvida.
El primer topetazo con los hijos de Ahumada, fue en mi pueblo. Yo aún estudiaba en el instituto y esperaba al bueno de mi amigo Emilio enfrente de un kiosko. Como el tío se retrasaba compré un litro de cerveza y me dispuse a esperar, mientras bebía. Muy pronto, llegó una pareja de guardias civiles. Uno era panzón y con gafas, de unos treinta y tantos –vamos como para saltar vallas que estaba el tío-; el otro bajito, enclenque, ya cincuentón, también con gafas. Nada más que vi aparecer el Nissan Patrol me dije: “Vienen a por mí”. Sin decir hola ni nada, me pidieron la documentación, me registraron y me sacaron lo que tenía en los bolsillos, únicamente las llaves de mi casa. Como vieron que a pesar de mis pintas era un ciudadano honrado, la pareja se despidió y se marcharon. Sin embargo, al echarme mano a los bolsillos me di cuenta de que los picoletos se habían llevado las llaves de mi casa. Uno de ellos las había dejado sobre el capó del coche. Aún se divisaba el Patrol en la lejanía y yo ni corto ni perezoso salí corriendo detrás del coche, mientras les gritaba que parasen. Así que imaginad la escena, un peludo canijo, vestido de negro desde la cabeza hasta los pies, corriendo y gritando detrás de un coche de la guardia civil para que se detenga. Como no hacían caso a mis gritos y había alcanzado la parte trasera del vehículo, comencé a golpear éste con fuerza. Fue entonces cuando pararon. “Os lleváis mis llaves” les dije, mientras señalaba a éstas que milagrosamente todavía se mantenían en lo alto del capó. El guardia civil sonrió forzado como pensando “Qué espectáculo más lamentable acabamos de dar” y amablemente me las devolvió.
Creí haberme librado de tan particular pareja de guardias civiles, que podría respirar tranquilo… Pero no, me equivoqué. Cualquiera que me conozca sabe que soy noctámbulo por naturaleza, no es que me guste mucho ir de copas, sino que me encanta disfrutar de la noche en mi casa, mientras leo o veo la tele, apretando el mando aleatoriamente. Para mí es un momento de relax. Bien, pues apenas habían pasado dos semanas de lo señalado más arriba, encontrándome yo en uno de mis momentos de descanso nocturno, cuando a eso de las dos de la mañana llaman a la puerta de mi casa. Miro por la mirilla y ¿a quién veo? a la misma pareja que había estado a punto de llevarse mis llaves. ¿Venían a por mí? La verdad es que me asusté un poco. A oscuras me adentré en la habitación de mis padres y comuniqué la noticia a mis progenitores, los cuáles se encontraban en ese momento en el séptimo cielo, mi madre respirando suave y pausadamente, mi padre roncando como un desesperado. Con cara todavía de dormidos mis padres abrieron la puerta y dejaron pasar a la singular pareja, uno alto y rechoncho, el otro enclenque y bajito, ambos con gafas. En esta ocasión no venían a por mí, sino a hacerle unas preguntas a mi hermana, a la cuál hubo que despertar, ya que una amiga suya se había fugado de su casa. Preguntaron a mi hermana y al no hallar respuesta, cortésmente se marcharon. Aquella noche ya no hubo momento de relax, me fui para la cama y como es habitual en mi colega Capi, soñé que unos tipos de uniforme verde, con tricornio y todo me perseguían allá donde iba. A veces eran alto y rechonchos, otras bajitos y enclenques, las más no tenían cara.

El piso de papel

 

No sé por qué nos dio por meternos allí. Siempre lo atribuí a que nos había dado un mal aire, a que nos cogió el día tonto. Era nuestro segundo año de facultad y tras haber pagado la novatada yéndonos a vivir con gente que no conocíamos, decidimos irnos a vivir mi colega Capi y yo juntos. La elección no pudo ser más desacertada. Situado en la Calle Ejército de África (que no veas que nombrecito), nuestro piso era estrecho y pequeño, un cuarto sin ascensor, y con un casero que parecía el Profesor Jirafales del Chavo del Ocho. Pronto, muy pronto, nos dimos cuenta que el sitio que habíamos elegido para vivir era como el camarote de los hermanos Marx. Una cosa surrealista y sin mucho sentido. El epíteto no es gratuito, si se tiene en cuenta las características del piso, características que a continuación pasamos a enumerar:

a)      El telefonillo se encontraba dentro de una de las tres habitaciones. El compañero de esta habitación se levantaba temprano, por lo que a las once solía estar encamado. Era bastante habitual que algunos amigos se pasaran por el piso a eso de la una o las dos, despertando al pobre de Antonio Ángel, el cuál aguantaba la "despertá" con un inusual estoicismo.

b)      El suelo era de plástico. Sí, como lo oís. Lo que hacía de suelo, no eran baldosas, ni losas, sino una especie de plástico malo, sacado de los tiempos del Cuéntame. Como estábamos todo el día fumando pitillos, era bastante normal que muchas pedrolas cayeran al suelo, lo que llevaba aparejado el consiguiente agujereamiento de éste.

c)       En lugar de haber puertas en las habitaciones había una suerte de elemento plegable hecho de plástico que separaba los cuartos del salón e impedía que pudieras tener un mínimo de intimidad.

d)      El salón se guardaba del exterior por una serie de ventanas de cristal -no de paredes, tabiques o muros- lo que conllevaba mucho frío en invierno -el vaho mientras hablábamos formaba parte de la cotidianeidad- y mucha, muchísima calor en verano.

e)      Para encender la luz de la cocina tenías que abrir un armario. De esta manera cuando caía la noche y entrabas en la cocina, abrías el armario y allí ¡voilá! Encontrabas el interruptor. Como nuestro querido casero no nos dijo nada sobre el último grito en nuevas tecnologías, tuvimos que descubrir el invento por nuestra propia cuenta...

f)       El frigorífico por las noches temblaba como una abuelita en invierno, emitiendo un ruido ensordecedor. Este frigorífico encajaba en una fina pared a cuyo otro lado, se hallaba la almohada del Capi, el cuál no se caracterizaba por tener un sueño profundo y pesado precisamente... Vamos que el pobre no pegaba ojo.

g)      La cocina comunicaba con el cuarto de baño. La puerta del cuarto de baño era de cristal amarillo nicotinoso, siendo muy agradable cocinar mientras veías la silueta de tu compañero de piso enfrascado en paños mayores. Claro, que todo era mejorable cuando el compi tiraba de la cadena y abría la puerta, confundiéndose los olores de la sopa de sobre con los que salían del aseo.

h)      Una lámpara digna del burdel más sórdido, de un llamativo cristal rojo, coronaba mi dormitorio. Desafiando las normas de la gravedad, esta lámpara se encontraba sujeta al techo por un cable muy fino, lo que hacía que estuviera torcida y amenazara con caerse cualquier día. Curiosamente, lo que solía estar debajo de esa lámpara era mi cabeza.

En fin, y este es el escenario de un año -el curso 2000-2001- en el que nos pasó de todo. Salto desde la ventana del piso de al lado hasta mi casa, barbas que se remojan en un puchero, actividades amatorias contempladas por una atónita vecina, música punk a todo volumen hasta altas horas de la madrugada, gusanos que salen de las bolsas de basura, neveras vacías conteniendo únicamente un yogur caducado... Pero, bueno, eso es otra historia.

 

El piso de papel

 

Quizás a veces con un poco de exageración y/o invención, otras veces ajustándome fielmente a la realidad, aquí me dedicaré a contar algunas experiencias vividas. Como ya la vida es suficientemente dura, intentaremos darle un tono burlón y humorístico a esta sección. Y es que, a veces, lo reconozco, me pongo muy serio, y quien me conozca sabe que esto en parte no es así. Decir, que estas Historias de vida, querría dedicarla a todos mis amigos con los que he compartido, comparto y compartiré -espero- tan buenos y gratos momentos. Muchas veces ellos serán protagonistas y co-protagonistas de estas historias... Va por ellos.

 

Molesto Zapatero


Nunca lo voté porque no creo en ese rito de depositar una papeleta cada cuatro años. Sin embargo, en el principio, nunca dudé de que sus palabras fueran sinceras. Me resultaba asombroso que un tipo que hubiera llegado tan arriba se creyera realmente el rollo. Al contrario que algunos de sus compañeros de viaje o el anterior gobierno de Aznar, no me molestaba la presencia de Zapatero cuando salía su careto en las noticias. Eso, a pesar de sus continuos y encendidos elogios al sistema liberal y a la democracia burguesa de la que se decía un gran defensor. Me decía a mí mismo y a algunos compañeros, que hoy por hoy, dentro del sistema capitalista en el que vivimos y siendo un país perteneciente a la Unión Europea, este tipo era lo máximo a lo que se podía aspirar dentro de los límites que marca el Estado de derecho.

Sin embargo en un in crescendo del que no he sido consciente hasta hace relativamente poco tiempo, Zapatero me cansa y me harta. Ya no lo veo ligeramente diferente a sus ministros y ya no veo en él palabras sinceras. Tarde o temprano sabía que pasaría, y la verdad es que no me da pena y me hace convencerme aún más de que el poder corrompe, de que una sociedad organizada de arriba abajo está abocada al fracaso, y de que la realpolitik tiene mucho que ver con las desventuras de los banqueros y consejos de administración y poco con las del común de los mortales.

A veces llama la atención lo alejados que se encuentran los políticos del latir de la calle. En las pasadas elecciones generales se vio que había un nutrido grupo de de gente, que por miedo al blanco y negro que supuso el aznarato, eligió al amigo ZP en masa. Esto es, no tanto por convicción como por temor. Iluso sería por tanto si cree que la gente lo ha elegido como presidente del gobierno por su cara bonita. Sin embargo, su gestión de la crisis engañando y mintiendo al personal con eufemismos varios, parecen confirmar su ingenuidad en la fidelidad de una parte importante de los españoles en su programa; y la tendencia -casi genética- que tiene todo político a mantener su sillón por encima de lo que sea.


Talento y talante

 

A Juan Marsé uno de los novelistas de mayor prestigio de las letras españolas le acaban de dar el Premio Cervantes -sospecho que más que por sus méritos literarios, que los tiene, por ser un catalán que escribe en castellano-. Su premio ha estado envuelto en cierta polémica a raíz de unas declaraciones que hizo, en las que señaló que el problema del cine español no residía tanto en la piratería como en la falta de talento. La verdad es que no sé como le habrá sentado la declaración a la recién nombrada ministra de cultura Ángeles González Sinde, coguionista de la que está llamada a ser en un futuro obra maestra de nuestro cine Mentiras y gordas.

Sí, tiene razón Juan Marsé, las descargas por internet y los archivos P2P no son los culpables  de la crisis endémica por la que atraviesa el cine español, sino la ausencia de talento. Decía Robert de Niro en la maravillosa "Una historia del Bronx", que lo peor que hay en esta vida es un talento desperdiciado. La verdad que talento, talento, este país anda escasito de él. Eso sí, talante en España hay para dar y regalar: compadreo entre el ministerio de cultura, la SGAE y las productoras de cine, porra y bastón para los estudiantes que dicen No a Bolonia, enchufe de dinero a los tiburones de los bancos, un nuevo acuerdo entre sindicatos y patronal para dejar todavía más con el culo al aire a los trabajadores... Creo que empiezo a entender que es esto del talante: patriotismo barato con mucho fútbol y mucho Nadal, mientras se invita al ciudadano medio a ajustarse el cinturón en tiempos de crisis y a consumir en tiempos de bonanza. Eso sí, todo con la mejor de las sonrisas.

 

Crítica de Gran Torino

 

Gran Torino huele a testamento cinematográfico. Es una película de adioses. Por un lado de adiós  a esos papeles de tipo duro por los que Clint Eastwood será recordado por el gran público.  Por otro, a una cierta idea de Estados Unidos  de fuertes convicciones morales conservadoras basadas en el patriotismo, la propiedad y el orden, de la que Eastwood se reclama heredero, y que progresivamente está siendo fagocitada por su hija natural de consumo, telepredicadores y ética de neón publicitario.

Dicen que Clint Eastwood es el último de los grandes, el último en hacer eso tan fácil de entender, pero tan difícil de definir llamado clasicismo. Gran Torino es una película compleja que no sólo reflexiona sobre el tema del racismo, sino que también habla del otro, visto éste como un igual y de la dificultad que ello conlleva; aparte es un tratado del derecho, sobre la ley y la venganza, sobre la conveniencia o no de tomarse la justicia por la mano. En definitiva, una compleja película para un argumento sencillo, que no simple, una historia de redención -atentos a la escena final- en el que un veterano de la Guerra de Corea de mentalidad racista comienza a trabar amistad con sus vecinos de origen asiático. Como hiciera en Sin Perdón, Mystic River,  Million Dollar Baby o Banderas de nuestros padres, el gran Eastwood vuelve a hablarnos de EEUU; y con su cámara a modo de radiografía disecciona su sociedad y los mitos que la sustentan. Nuevamente acuña otra obra maestra.

 

Crítica de El luchador (The wrestler)

La verdad es que tenía muchas ganas de ver El luchador (The wrestler), ganadora de la última edición del festival de cine de Venecia. A priori la historia de un tipo que se dedica al pressing catch y más si la interpretaba Mickey Rourke me interesaba, más cuando la crítica no se dividía ante el controvertido director Darren Aronofsky, y todos venían a coincidir en que había forjado una excelente película.
Sus primeros diez minutos me confundieron un poco y tras este inicio, mis temores de que me encontraba ante una película donde predominaba más el experimentalismo visual que una historia bien narrada se fueron disipando, y empecé a notar que El luchador me estaba tocando muy adentro.
El Luchador es la historia de un perdedor que todavía vive recordando sus pasados años de gloria, a los que pone banda sonora con un estilo de música –el heavy metal- que vivió su edad de oro al igual que el protagonista de la película en la década de los ochenta. Al fin, parece, que después de tantos años luchando en rings de tercera categoría, la suerte consiente en concederle una nueva oportunidad de relanzar su carrera. Sin embargo, a la vez, los golpes del destino lo llamarán a intentar poner un poco de orden en su vida y subsanar muchos de los errores pasados, como el de reconciliarse con su hija a la que abandonó.
El protagonista Mickey Rourke está magnífico, haciendo un papel que recuerda quizás a sí mismo. Su pelo sucio, su cara llena de botox y de surcos por donde cruzan sus lágrimas nos habla de que los trenes que pasaron no se supieron o no se quisieron coger. Y sientes lástima, pena, por ese animal herido, y deseas de todo corazón que se aúpe, que se levante, que comience a reconciliarse con la vida. Pero, al estilo de El buscavidas o de esas películas de boxeo en blanco y negro, intuyes en principio, y luego confirmas, que no hay compasión ni piedad para un tipo que siempre vive en el filo de la navaja y que por una especie de inercia siempre llama a la puerta de la mala suerte, para hundirse una y otra vez en el fango del fracaso. Ni tan siquiera cuando una bailarina de strip-tease y prostituta a tiempo parcial (la muy destacable Marisa Tomey), en mitad de tan sórdido ambiente, parece abrir una rendija de luz al protagonista de El Luchador.
En definitiva una gran película de esas para recordar, magistralmente dirigida por Darren Aronofsky, que cámara en mano nos muestra algunas escenas que realmente son para quitarse el sombrero, rematando con un final en el que suena la canción de Guns and Roses Sweet child o’mine que realmente te pone los pelos de punta. Todo ello salpicado de diálogos y frases magistrales que te hacen un nudo en la garganta. Y es que ante frases como “Todo lo que está ahí fuera en la calle me hace daño” o “Sólo quiero que no me odies”, pronunciadas por un Rourke que te habla con el corazón en la mano, sólo queda aplaudir por una película que respira clasicismo por todos lados.