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centaurodeldesierto

Opinión

España negra en el salón

Por dar una atención al buen gusto reconozco que últimamente apenas veo la tele, y eso que la oferta se ha ampliado tras sufrir las consecuencias del apagón analógico. Y digo bien, se ha ampliado, que no diversificado, pues el cutrerío, la charanga y la pandereta, y los adolescentes de cuarenta años siguen poblando eso que llaman la pequeña pantalla.

Sin embargo, entre ese páramo desolador vislumbro al final un precipicio, un precipicio que se llama Intereconomía. Ante ellos ya no siento el sonrojo que produce la vergüenza ajena, sino más bien la incredulidad que provoca el disparate recubierto de supuesta argumentación intelectual. A veces me lo tomo como un festival del humor, pero cuando te sientas y lo analizas con frialdad, el abismo que queda bajo los pies espanta. No ya porque se elimine todo revestimiento de objetividad, lo cuál podría hasta honrar al medio, sino porque no duda en recurrir al panfleto, a lo incendiario, cada vez que se le antoja. Intereconomía recuerda con sus debates y programas a una España que muchos ya creían enterrada y hasta rematada con cal viva. Es una España que se resiste a los cambios -por muy tibios y timoratos que estos sean-, nostálgica de tiempos pasados. Derecha casposa. La España negra ya no llama a los suyos a combatir desde el púlpito, ahora lo hace metiéndose en el salón de nuestras casas. Malos tiempos para la lírica que dirían algunos.

 

Roma y la razón

 

Estoy disfrutando mucho ahora de la serie de HBO Roma. Es una serie hecha a base de talento en la que la Roma antigua se presenta totalmente verosímil y creíble. A través de sus personajes, los cuáles abarcan todas las clases sociales, vemos la agonía de la República romana y de su oligárquico Senado; las maniobras políticas de gente como Julio César y sus rivales Pompeyo, Catón o Cicerón; las reuniones de alcoba y de cama en la que se dirimen tantos asuntos públicos; las clientelas políticas que se convierten en legiones de estómagos agradecidos de los poderosos; la plebe manejada por la nobleza a su antojo aun cuando sus intereses son tan distintos...

Alucino cada vez más de cómo se ha idealizado el mundo romano, de cómo el siglo de las Luces con su culto a la razón acudía a esta época para extraer argumentos, de cómo no fueron pocos los que quisieron hacer un trasplante de las instituciones romanas y adecuarlas a su tiempo, de cómo los padres de la Revolución Americana o muchos de los artífices de la Revolución Francesa veían en la civilización latina el culmen del desarrollo humano en lo que a instituciones políticas se refiere...

Si disipamos un poco las nieblas a las que no somete un sector de la historiografía muy instalado en la mentalidad general, nos daremos cuenta de que los romanos eran unos bárbaros, y que la racionalidad siempre fue vencida en esta civilización en aras de un supuesto pragmatismo político que se traducía en acumular la riqueza entre unos pocos. Nos han dejado sus obras públicas y acueductos, su lengua de la que derivan tantas otras, y por supuesto el derecho, todo un compendio de legislación gracias al que todavía hoy en día los ricos siguen manejando las riendas de este mundo nuestro. Si antes se llamaba Senado ahora se llama Wall Street, y la democracia para los señores nada tiene de racional, por mucho que Jefferson o Washington soltaran la lagrimita cada vez que se hablara de Rómulo y Remo.

 

Un paso atrás

Todas las generaciones han cargado las tintas contra las generaciones venideras. Ya en tiempo de los romanos Catón el viejo o Catulo hablaban de la degeneración en la que había caído la sociedad y de la que se alimentaban los jóvenes, contraponiéndola con la de sus padres, idealizada y bañada en oro. Normalmente este ha sido un argumento conservador, que se resiste a los cambios que se dan en todas las sociedades. Sin embargo, no puede dejar de preocuparme lo que veo entre las nuevas generaciones de hoy en día. Por suerte o por desgracia me dedico a bregar con niños en plena pubertad y adolescentes. Es mi trabajo y encuentro, a pesar de las dificultades, alicientes y motivaciones. Entre los más jóvenes hoy en día sobre todo lo que me preocupa son los valores que los dominan. La solidaridad se convierte en una quimera, y el egoísmo, la superficialidad y el culto al bienestar personal a base del mal ajeno es lo que se estila. Valores como el esfuerzo, la inteligencia, el saber... comienzan a estar mal vistos, primando por el contrario una cultura del pelotazo producto de la ingesta durante horas y horas de algún producto televisivo altamente tóxico.

No es mi intención pintar con esto un cuadro apocalíptico de lo que viene, pero los valores que preconizaran los ilustrados de la razón, la virtud, debidamente ensamblados con el de la solidaridad y el apoyo mutuo, desaparecen en este miasma del yo sobre el tú, de no considerar a nuestros semejantes como iguales. Cada vez se vive más en una isla y producto de ello no nos movilizamos ante el dolor ajeno; y cuando ese dolor nos atañe por circunstancias, directamente a nosotros, no nos movemos porque consideramos que somos gotas de agua y no un océano. Por supuesto que de espíritu crítico entre nuestros adolescentes ni hablar, y aunque los gestos de supuesto antiutoritarismo hacia el profesor, que están a la orden del día, priman, lo cierto es que tras esto no encontramos sino muy poca autonomía, mucha delegación en otros y escasa responsabilidad.

Sería cínico señalar que estos valores que se hunden como un barco en mitad de un naufragio eran los que han primado en los últimos doscientos años. Sería como caer en un pasado idílico que nunca existió. Sin embargo, para la gente crítica con el mundo en el que se vive hoy, ver que la solidaridad y el apoyo mutuo, la razón o la lucha por salir de la ignorancia son cosas que cada vez se diluyen más y más, desapareciendo como un azucarillo en el café, entristece. Supone un paso atrás para que el hombre salga de las cavernas. Supone un paso atrás para el deber de un rojo amanecer.

 

Pérez Reverte

Cuando queremos buscar referentes literarios del romanticismo español, los libros de texto siempre señalan tres: en la lírica a Espronceda y Bécquer y en la prosa a Larra. Sin querer entrar en las objeciones que haría a esa clasificación -que no serían pocas-, siempre me llamó la atención que fuese Larra, un articulista, un periodista, el mejor referente de la prosa romántica española. Tampoco es que sea muy ducho en la materia, pero los artículos de Larra -incluido el famoso Vuelva usted mañana- poco o nada tienen de espíritu romántico, y quizás, concluyo, sea su suicidio, como el de tantos literatos de la época, el que haga que lo envuelvan en este movimiento. Son muchos los historiadores -Piqueras por ejemplo- que han afirmado que si uno lee con atención los textos del articulista, ve la evolución de un personaje que está derivando hacia posiciones reaccionarias. Sin embargo, eso no tiene por qué eximir de espíritu crítico al personaje, ni tampoco faltarle la razón.

Salvando las distancias, no sólo de tiempo, sino también de estilo, un tanto de lo mismo podría decir de Pérez Reverte. De vez en cuando leo los artículos que periódicamente publica en el suplemento de El Semanal. Cuando, bien, gracias a los buenos amigos me llegan vía internet, o cuando el suplemento dominical por alguna casualidad cae en mis manos. No negaré que la mayoría de las veces estoy de acuerdo con Pérez Reverte, ni que me seduce su estilo construido a base de tacos -aunque a veces me resulte un tanto cansina la fórmula-; no negaré que me resultan divertidas algunas de sus ocurrencias y que a veces las firmaría... Sin embargo, no puedo dejar de pensar en que detrás de tanta inteligente mala hostia, sólo hay visceralidad. Sus artículos buscan las tripas y no la cabeza, no buscan la discusión y el argumento, sino que buscan el aplauso fácil. Su populismo puede llevar a equívocos, y no son pocos los que me han descrito a Pérez-Reverte como lo más de lo más de la izquierda. Por favor, no nos equivoquemos, si rascamos un poco, si leemos entre líneas, veremos que el famoso articulista no propone en realidad ningún cambio profundo y transformador en las estructuras de la sociedad. Su discurso no se basa en las clases y sí en la nación. Heredero del regeneracionismo, las inquietudes de Pérez Reverte son similares a las de muchos autores del 98; y hablan de la necesidad de regenerar a su bien amada España. No fueron pocos los regeneracionistas que derivaron hacia posiciones reaccionarias, aunque a veces eso no tenía por qué eximirlos ni de espíritu crítico, ni tampoco faltarles la razón.

 

Madrid 2016

 

Me desayuno por las mañanas con la radio camino del trabajo, enciendo el televisor para ver las noticias... y la cantinela siempre es la misma: Madrid 2016. Una propaganda atroz de la que es imposible huir lo inunda todo. Y es entonces cuando te ves al deportista de turno, al que los medios ascienden a categoría de dios, que él está por la candidatura. Y es entonces cuando ves a la patulea de políticos de tal o cuál partido -en esto no hay disensiones- exclamando las bondades y virtudes de lo bueno que sería que la capital de las Españas fuese la sede de unos Juegos Olímpicos en la próxima década. Evidentemente al corifeo repetitivo e insultante se suma la correspondiente cohorte de intelectuales, que aquí en este país -lo que es un signo de lo bajo que ha caído- no son sino algunos presentadores de televisión, algunos de los cuáles hacen las delicias del progrerío.

Me molesta que nadie ponga el grito en el cielo ante los suntuosos gastos que ya no digo unos Juegos Olímpicos, sino una candidatura para unas Olimpiadas, supone. Me molesta que nadie denuncie el negocio con posible tendencia a negociazo que se está produciendo con toda esta propaganda. Fueron los nazis y su ministro de cultura Goebbels, los primeros en darse cuenta de los excelentes réditos que daba el mezclar nacionalismo y deporte, ya que hacía crear el espejismo de que toda la nación, toda la patria, navegaba en el mismo barco. También fueron ellos los primeros en conseguir que las Olimpiadas se convirtiesen en asunto de interés nacional. A partir de aquí, lo que se ha hecho es seguir el modelo que se creó a partir de 1936 en Berlín. Y es que no hace falta retrotraerse a los tiempos de la Guerra Fría, basta con mirar los Juegos de Pekín del año pasado, para caer en la cuenta de que el hacer patria y vender imagen a través de unos Juegos Olímpicos no es una cosa del pasado.

Ahora mismo en Madrid, no hay ni eso. Pero me imagino a la legión de constructores frotándose las manos, al ejército de las sombras que son las agencias publicitarias haciendo cuentas de cuánto sonará la caja registradora, a los gobernantes poniendo la mano... Ya han hecho su negocio, y de éste sólo se espera que vaya a más. Dicen los políticos que la crisis servirá para que España deje de ser el paraíso del ladrillo y cambie su modelo productivo. Si algo demuestra Madrid 2016 y el énfasis que ponen estos en que lo de las Olimpiadas madrileñas tire para adelante, es que lo que le dicen al conjunto de los ciudadanos no es más que un camelo. Así, ya faltan dos días para que el COI anuncie el lugar elegido para tan sacrosanto evento, al parecer todo está al rojo vivo, el mismísimo Obama asistirá para defender la candidatura de la ciudad de Chicago. Todo el mundo está pendiente frente a su sillón, todo el mundo sigue inmerso en la realidad virtual que es este mundo de olores y colores de neón. Pobre capacidad de resistencia.

 

Nazis en España

 

Sentado en el sofá de mi casa veo el digno reportaje de Documentos TV sobre Aribert Haim, el médico del campo de concentración nazi de Mauthausen. Los datos que me ofrece no me suenan extraños, pero por ello no dejan de sobrecogerme, principalmente el hecho de que aquellos que habían hecho realidad el horror nacionalsocialista, una vez cometidos sus crímenes, pasearan con total impunidad por las tierras de las Españas. No era sorprendente, ya que el dictador Francisco Franco se encontraba en sintonía ideológica con estos tipos. Sin embargo, el que tras la muerte del dictador español, los nazis siguieran encontrando en España un paraíso donde refugiarse, no sólo debiera ser motivo de sorpresa, sino también de preocupación y de vergüenza. Y es que el hecho de que adorables viejecitos de negro pasado e infausto recuerdo murieran y sigan muriendo en su cama sin recibir el peso de la justicia, pone en evidencia las carencias democráticas que padece el estado bajo el que vivimos.

La pregunta es por qué. Por qué se ha permitido que después de 1975 asesinos como León Degrelle, Otto Remer o Anton Galler, los tres ya fallecidos, mantuvieran en este país las vidas que rehicieron tras la segunda guerra mundial. La pregunta es por qué todavía en esta España de charanga y pandereta aún se mantiene a criminales nazis en exilios dorados de la Costa del Sol, caso de Wolfgang Jugler. Imagino las argumentaciones de la legión de leguleyos, que sonrientes, pasaran a enumerarnos de carrerilla cual colegial, legislación con mucha tinta vertida sobre el papel, pero sin ningún ápice de justicia. Todo encaminado a mostrarnos las excelencias de nuestro democrático estado español, a que nos sintamos seguros y tranquilos por vivir en una sacrosanta democracia.

El hecho de perseguir a criminales nazis después de 1975 supondría reconocer la perversión ideológica de la dictadura de Franco, supondría revisar lo que la Guerra Civil Española fue -una guerra de exterminio y no una guerra en la que todos fuimos culpables-; y finalmente supondría por tanto hacer una revisión de ese pacto de olvido que fue la transición, pilar básico de nuestro régimen constitucional actual. De este modo, España debería dejar de intentar dejar de tener una idea distorsionada de su historia. Esto nos hace culpables, enajena y confunde. Podemos llegar a ver a amantes de la esvástica como encantadores ancianitos que pasan el merecido invierno de su vida en algún rincón de la costa valenciana o malagueña; y podemos seguir viendo a las víctimas del campo de concentración de Mauthausen como viejos diablos que purgan sus crímenes por y para la eternidad, razón por la que merecen ser olvidados. La realidad supera a la ficción, y ni tan siquiera un mal ácido se atrevería a llegar tan lejos.

 

La tele de calidad

 

Bajo la siniestra expresión de "apagón analógico" se esconde según los gurús del gran medio, una puerta abierta a toda una pléyade de posibilidades más si cabe, para aquellos que crecimos con la exclusividad de la televisión pública. No cesan en subrayarnos los sacerdotes del altar del salón de nuestras casas las excelencias de la televisión a la carta, una televisión individualizada, cada vez más cercana al ciudadano, cada vez con mayor número de canales temáticos, que nos hará salir de la rutina y la dictadura del sota, caballo y rey.

Sin embargo, por h o por b, ya disfruto de esas posibilidades con una carta de más de cincuenta canales, y como adelantado debo decir que el resultado se reduce al mismo, a apretar con gesto cansado el mando a distancia ante el sopor y el aburrimiento.  Tras una ilusión vana por la vasta oferta, al final acaba siempre imponiéndose la línea para adormecer a la población de sensacionalismos baratos, filosofía de cuarto de baño y/o supuesta enjundia intelectual bajo la que se esconde la más burda propaganda. Y así, ante el retablo de las maravillas, la esperanza de que llegue el tan ansiado programa  que te entretenga y te divierta se acaba, optando por refugiarse  uno siempre en lo mismo, en las cosas que sabes que no te van a fallar. El libro, la buena música o el cine descargado por internet. Aunque quizás sea mejor acudir a las personas a las que quieres, de carne y hueso y no virtuales amigos del facebook o tuenti, a los que puedes tocar, abrazar,  con los que puedes reír y llorar. También por qué no, otra opción es sumergirte en la nostalgia y recordar los programas de la infancia, antes de que llegaran las Mamachicho comandadas por Il Cavaliere Berlusconi y lo llenaran todo de mierda.

 

Canal Sur TV

 

Atónito asisto al espectáculo lamentable que me ofrece Canal Sur TV. Su programación me parece un auténtico horror poblado de los lugares comunes que atribuyen a los andaluces. Da lo mismo que enciendas la televisión por la mañana, por la tarde o por la noche; da lo mismo que el careto que aparezca sea el de María del Monte, Bertín Osborne o el de algunos de esos niños repelentes que apadrina Juan Imedio. El resultado es siempre el mismo: el sonrojo y la vergüenza.

En el sano ejercicio de entretener a todos, -ya no digo educar o culturizar- no hay que olvidar el buen gusto y el humor inteligente, rechazando lo burdo o lo zafio, además de lo clasista-fórmula esta última muy utilizada con la creación de dos canales-. Pues bien, Canal Sur TV es burdo, zafio y es clasista, y además lo del buen gusto brilla por su ausencia.

Algún avisado me podrá recordar que toda la televisión es así, que las torturas a las que nos somete nuestra televisión autonómica no son de su patrimonio exclusivo. Sin embargo, mi indignación hacia la programación de Tele 5 o de una Antena 3 va en otro sentido, ya que puedo sentir repugnancia ad nauseam hacia su telebasura y grima hacia su elenco de presentadores, pero no es un canal público; y lo que es más importante, no pretende hacer bandera e himno, ni arrogarse la representatividad de un sector de la población como hace Canal Sur.

A veces pienso qué puede pensar un catalán, un castellano o un riojano de los andaluces si se cree el botón de muestra que ofrece nuestra lamentable cadena autonómica. El resultado no deja de producirme escalofríos y comienzo a enumerar toda la pléyade de tópicos que nos atribuyen a los que vivimos de Despeñaperros para abajo. Con una programación a lo Álvarez Quintero,  apta para lobotomizar a mayores de sesenta años, el perfil de los votantes de los caciques que moran en la Junta, el objetivo es muy claro. Mantener esa imagen típica y tópica, sirve para aletargar a la población y alimentar la ignorancia, cortar el nudo de una memoria histórica, de una tradición de lucha, de unas gentes que siempre han sacado los dientes ante la pobreza a la que fueron condenadas y que nunca se resignaron a estar con las bocas calladas  y a ser sumisas.

Dicen que en esa España miserable y aburrida de los años 60, el general Franco cuando no firmaba condenas a muerte dedicaba gran parte de su tiempo a ver la televisión. De seguro que si viviera hoy pulsaría el botón del mando a distancia para ver Canal Sur y como una especie de Víctor Frankenstein disfrutar de su criatura: la España, la Andalucía -¿qué más da?- de charanga y pandereta, cañí.