Como hormiguitas
No exagero si digo que Zapatero es el presidente del gobierno más vilipendiado de nuestra sacrosanta democracia. Ni tan siquiera en los tiempos de la transición Adolfo Suárez produjo tanto rechazo en el sector ultra ni en los militares franquistas. Me sorprenden además algunos de los adjetivos con los que se señala a ZP, caso de masón, término que tenía connotaciones peyorativas en tiempos de manifestaciones de autobús y bocadillo en la Plaza de Oriente, y que al parecer lo sigue teniendo aún hoy en día entre algunos sectores de la sociedad.
No sé si será por cuestiones del atrofiado bipartidismo que padecemos, si por la renuncia de la izquierda durante la transición a lo que la definía como tal, o a una mezcla de las dos cosas, que ahora ser de izquierdas o ser rojo, significa ser del PSOE o un compañero de viaje de Zapatero. Es esto una cosa peligrosa que no hace sino afirmar aquello que decía Guerra en tiempos del felipismo de "a la izquierda de mí el abismo". No es una cuestión exclusiva de los medios, también en la sociedad se tiene interiorizado que si no eres de uno de los dos grandes partidos del país serás del otro. El fin de los matices, de los grises.
Sin embargo, bien estaría que los árboles nos dejaran ver el bosque y descubrir que la política de Zapatero quizás como máximo tiene una pátina de eso que llaman progresismo, pero que de izquierdas nada. La verdad es que me indigna cuando desde la ultraderecha de este país se acusa a Zapatero de rojo. Ya me gustaría que realmente sintieran la congoja de una izquierda real y apartidista tanto los amigos de A dios rogando y con el mazo dando, como el progrerío de salón. Mientras para el gran público no existimos seguimos trabajando en silencio. Como hormiguitas.
España negra en el salón
Por dar una atención al buen gusto reconozco que últimamente apenas veo la tele, y eso que la oferta se ha ampliado tras sufrir las consecuencias del apagón analógico. Y digo bien, se ha ampliado, que no diversificado, pues el cutrerío, la charanga y la pandereta, y los adolescentes de cuarenta años siguen poblando eso que llaman la pequeña pantalla.
Sin embargo, entre ese páramo desolador vislumbro al final un precipicio, un precipicio que se llama Intereconomía. Ante ellos ya no siento el sonrojo que produce la vergüenza ajena, sino más bien la incredulidad que provoca el disparate recubierto de supuesta argumentación intelectual. A veces me lo tomo como un festival del humor, pero cuando te sientas y lo analizas con frialdad, el abismo que queda bajo los pies espanta. No ya porque se elimine todo revestimiento de objetividad, lo cuál podría hasta honrar al medio, sino porque no duda en recurrir al panfleto, a lo incendiario, cada vez que se le antoja. Intereconomía recuerda con sus debates y programas a una España que muchos ya creían enterrada y hasta rematada con cal viva. Es una España que se resiste a los cambios -por muy tibios y timoratos que estos sean-, nostálgica de tiempos pasados. Derecha casposa. La España negra ya no llama a los suyos a combatir desde el púlpito, ahora lo hace metiéndose en el salón de nuestras casas. Malos tiempos para la lírica que dirían algunos.
Crónicas del cine español (3) José Luis López Vázquez y Mi querida señorita

Mi querida señorita es una de esas grandes películas que te sobrecogen, que te emocionan. Realizada en los últimos coletazos de la dictadura franquista, sorprende que una película que trata sobre la vida de un hombre que toda su vida ha creído ser mujer, pudiera burlar a la censura. Adela una mujer de la burguesía de provincias, que no ha cumplido lo que la sociedad le exigía, ser madre y esposa, debido a su aspecto físico, oculta un gran secreto. Por un lado se afeita y por otro, comienza a sentir atracción física hacia su doncella.
La película tiene dos grandes aciertos: uno primero es su carácter contenido y recatado, en un tema que muy fácilmente podría haber derivado a la comedia y al chiste fácil o al sentimentalismo/dramón más ramplón. Al contrario la película va creciendo y de manera elegante va mostrándonos lo miserable de esa España ultramontana y viciada que sostenía al régimen franquista. Al mismo tiempo, la huida hacia delante de Adela cuando decide afrontar su verdadera naturaleza, nos va señalando que en contraste a ese provincianismo, se está dando un desarrollismo que está haciendo que la sociedad comience a cambiar.
El segundo gran acierto es José Luis López Vázquez. Habitual actor de comedia, sorprendía verlo en una película dramática en el año 1971, más aún si durante gran parte de la película se metía en la piel de una señora cuarentona. Quizás este fuera el gran papel de su vida, aunque al parecer López Vázquez sintió pánico cuando se lo ofrecieron. La elocuencia de su mirada clavando el gesto cuando le comunican su verdadera sexualidad es quizás uno de los grandes momentos del cine español; no puede haber más fuerza y más intensidad, más vacío y miedo. Por si había alguna duda el espectador cae en la cuenta de que está delante de un magnífico actor que consigue transmitir todo un complejo de sensaciones a menudo encontradas y que a través de su personaje nos está guiando por la España de las postrimerías de la dictadura.
La reciente muerte de José Luis López Vázquez dejará un gran vacío en las artes escénicas no sólo de este país, sino del mundo. Memorables quedarán sus papeles en películas como Plácido, El verdugo o El bosque del lobo. Sin embargo Mi querida señorita de Jaime de Armiñán, probablemente sea recordada como la película en la que López Vázquez demostró de forma contundente que era algo más que un actor con una fuerte vis cómica.
Roma y la razón
Estoy disfrutando mucho ahora de la serie de HBO Roma. Es una serie hecha a base de talento en la que la Roma antigua se presenta totalmente verosímil y creíble. A través de sus personajes, los cuáles abarcan todas las clases sociales, vemos la agonía de la República romana y de su oligárquico Senado; las maniobras políticas de gente como Julio César y sus rivales Pompeyo, Catón o Cicerón; las reuniones de alcoba y de cama en la que se dirimen tantos asuntos públicos; las clientelas políticas que se convierten en legiones de estómagos agradecidos de los poderosos; la plebe manejada por la nobleza a su antojo aun cuando sus intereses son tan distintos...
Alucino cada vez más de cómo se ha idealizado el mundo romano, de cómo el siglo de las Luces con su culto a la razón acudía a esta época para extraer argumentos, de cómo no fueron pocos los que quisieron hacer un trasplante de las instituciones romanas y adecuarlas a su tiempo, de cómo los padres de la Revolución Americana o muchos de los artífices de la Revolución Francesa veían en la civilización latina el culmen del desarrollo humano en lo que a instituciones políticas se refiere...
Si disipamos un poco las nieblas a las que no somete un sector de la historiografía muy instalado en la mentalidad general, nos daremos cuenta de que los romanos eran unos bárbaros, y que la racionalidad siempre fue vencida en esta civilización en aras de un supuesto pragmatismo político que se traducía en acumular la riqueza entre unos pocos. Nos han dejado sus obras públicas y acueductos, su lengua de la que derivan tantas otras, y por supuesto el derecho, todo un compendio de legislación gracias al que todavía hoy en día los ricos siguen manejando las riendas de este mundo nuestro. Si antes se llamaba Senado ahora se llama Wall Street, y la democracia para los señores nada tiene de racional, por mucho que Jefferson o Washington soltaran la lagrimita cada vez que se hablara de Rómulo y Remo.
Un paso atrás
Todas las generaciones han cargado las tintas contra las generaciones venideras. Ya en tiempo de los romanos Catón el viejo o Catulo hablaban de la degeneración en la que había caído la sociedad y de la que se alimentaban los jóvenes, contraponiéndola con la de sus padres, idealizada y bañada en oro. Normalmente este ha sido un argumento conservador, que se resiste a los cambios que se dan en todas las sociedades. Sin embargo, no puede dejar de preocuparme lo que veo entre las nuevas generaciones de hoy en día. Por suerte o por desgracia me dedico a bregar con niños en plena pubertad y adolescentes. Es mi trabajo y encuentro, a pesar de las dificultades, alicientes y motivaciones. Entre los más jóvenes hoy en día sobre todo lo que me preocupa son los valores que los dominan. La solidaridad se convierte en una quimera, y el egoísmo, la superficialidad y el culto al bienestar personal a base del mal ajeno es lo que se estila. Valores como el esfuerzo, la inteligencia, el saber... comienzan a estar mal vistos, primando por el contrario una cultura del pelotazo producto de la ingesta durante horas y horas de algún producto televisivo altamente tóxico.
No es mi intención pintar con esto un cuadro apocalíptico de lo que viene, pero los valores que preconizaran los ilustrados de la razón, la virtud, debidamente ensamblados con el de la solidaridad y el apoyo mutuo, desaparecen en este miasma del yo sobre el tú, de no considerar a nuestros semejantes como iguales. Cada vez se vive más en una isla y producto de ello no nos movilizamos ante el dolor ajeno; y cuando ese dolor nos atañe por circunstancias, directamente a nosotros, no nos movemos porque consideramos que somos gotas de agua y no un océano. Por supuesto que de espíritu crítico entre nuestros adolescentes ni hablar, y aunque los gestos de supuesto antiutoritarismo hacia el profesor, que están a la orden del día, priman, lo cierto es que tras esto no encontramos sino muy poca autonomía, mucha delegación en otros y escasa responsabilidad.
Sería cínico señalar que estos valores que se hunden como un barco en mitad de un naufragio eran los que han primado en los últimos doscientos años. Sería como caer en un pasado idílico que nunca existió. Sin embargo, para la gente crítica con el mundo en el que se vive hoy, ver que la solidaridad y el apoyo mutuo, la razón o la lucha por salir de la ignorancia son cosas que cada vez se diluyen más y más, desapareciendo como un azucarillo en el café, entristece. Supone un paso atrás para que el hombre salga de las cavernas. Supone un paso atrás para el deber de un rojo amanecer.
El Hundimiento
Fue en el 2005 cuando una gran película alemana recorriera las salas de cine con un gran éxito de crítica y público, y ello, no sin cierta polémica, sobre todo en su país de origen. Nos estamos refiriendo a El Hundimiento de Olivier Hirschbiegel, filme que relata y retrata los últimos días del III Reich y de Hitler en su búnker de Berlín.
Fueron muchos, sobre todo en Alemania los que pusieron el grito en el cielo con esta película, en un país que sufre cuando se enfrenta a su pasado, acusando de humanizar a los dirigentes nazis en general y a Adolf Hitler en particular. Sin embargo, más que hallar aquí el error de la película hemos de situar su logro. Ya que humanizando a los personajes es cuando alcanzamos a ver el grado de retorcimiento y de perversidad que residía en el ideal nacionalsocialista y en sus jerifaltes. Convertirlos en monstruos arquetípicos, en seres negros, sin matices, nos lleva a no afrontar una dura realidad que se hace terrible y en última instancia a excusar. Así, cuando comienza El Hundimiento nos sorprende ver a un Hitler amable con su secretaria, que la anima y le dice que no se ponga nerviosa. Y es que esto es lo más cruel de esta historia: el Hitler que da de comer a su perro, pero que a su vez es el causante de la muerte de millones y millones de personas, la madre que en un amor enfermizo y fanático hacia el nazismo, prefiere que sus hijos estén muertos por su propia mano antes que ver un mundo sin el dominio de la esvástica, la sumisión total de un líder por parte de grandes bolsas de la población alemana, aun cuando dicha sumisión los ha llevado a la ruina...
Hirschbiegel consigue transmitirnos el ambiente claustrofóbico del búnker, donde el III Reich da sus últimos estertores. Y es que esta es la gran habilidad del director, habilidad que ya había mostrado en El experimento, donde si bien de forma más ruda y peor conducida, nos había mostrado algo que en El Hundimiento parece dominar con brillantez: el gusto por tocar los más bajos sentimientos humanos, sus lados más oscuros, todo enmarcado en un círculo de sofoco y agobio. Estas sensaciones también las consigue trasladar con menor éxito el director a escenarios abiertos, a la dura batalla por conquistar Berlín, entre el ejército soviético y los jalones del ejército alemán. Si bien, esto, aunque está muy bien rodado, es lo menos interesante, haciéndose a veces algo pesado para el espectador.

Finalmente no hemos de olvidar la genial actuación de Bruno Ganz en el papel de Hitler.
En definitiva, una gran película que exclama el deseo de muchos por afrontar su pasado, por explicar episodio tan trágico, y dejar de obviarlo y hacer como si no existiera. Por cierto ¿para cuándo la gran película de la guerra civil española?
Los viajes de Gulliver
Recientemente he tenido el impagable placer de disfrutar de la lectura de Los Viajes de Gulliver, del irlandés Jonathan Swift. Desde hacía tiempo, tenía mucha curiosidad por leer el libro, sobre todo porque sabía que su protagonista, Lemuel Gulliver, no se había reducido a viajar al país de los enanos y al país de los gigantes, sino que por contra había realizado más viajes, de los que yo sabía poco o nada.
Los Viajes de Gulliver narra las peripecias de Lemuel Gulliver, un médico de la marina, que sufre a lo largo de su carrera, una serie de naufragios, que lo llevarán a conocer extraños lugares como Liliput (el país de los enanos), Brobdingnag (el país de los gigantes), Laputa (el país de los científicos) y el país de los caballos u houyhnms. Escrito en la primera mitad del siglo XVIII, los Viajes de Gulliver constituyen un precedente claro de la ilustración y tuvieron su influencia en personajes como Voltaire o William Godwin. Por tanto, lejos de ser un libro de literatura infantil y juvenil, o simplemente de aventuras -género en el que se le suele encajonar- la obra de Swift tiene un alto componente satírico contra la política de su tiempo. Por boca de Gulliver vamos conociendo las costumbres de los distintos pueblos, cosa que Swift aprovecha para poner en evidencia la bajeza moral de las instituciones británicas. Swift no deja títere con cabeza y no duda en lanzar sus dardos contra la corrupción, la tiranía, los políticos, los abogados, las leyes,... Pero cometeríamos un error si sólo redujéramos a sátira política los viajes de Gulliver, ya que el autor nos está proponiendo un nuevo tipo de moral. Moral a la que añadiría las luces de la ilustración el filósofo Kant y su papel transformador el ruso Bakunin.
En este mismo sentido, sorprende que siendo el viaje a Liliput el viaje más conocido de esta obra, sea quizás el de menor calidad literaria y que por el contrario, el de mayor calidad literaria, el del país de los caballos, sea el viaje menos conocido. Éste es el último viaje del protagonista y muestra algo que hemos sospechado a lo largo de todo el libro: que Swift no sólo tiene atributos literarios y es un agudo observador de su tiempo, sino que también tiene una gran calidad humana que lo convierte en un ser de especial sensibilidad. Al describirnos el país de los houyhnms, no sólo se nos está hablando del amor a los animales y a la naturaleza, sino también de la fuerza del amor, de la belleza, de la razón y de la virtud, y cuán alejado está el ser humano de estos principios merced a una sociedad corrompida y podrida. Y es que como diría el rey de los gigantes a Gulliver: "Has hecho un panegírico admirabilísimo de tu país. Has demostrado claramente que la ignorancia, la holgazanería y el vicio son los ingredientes necesarios para poder ser legislador; que las leyes las explican, interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y aptitudes radican en tergiversarlas, embarullarlas y eludirlas. Advierto en vosotros algunos trazos de una constitución que originalmente pudo ser aceptable, pero que se encuentran medio borrados, y el resto completamente desdibujados y emborronados por la corrupción. De todo lo que has dicho no parece que sea necesario ningún talento para la consecución de cargo alguno entre vosotros, y mucho menos que los hombres se ennoblezcan por la virtud, que los sacerdotes asciendan por su devoción y erudición, los soldados por su integridad, los parlamentarios por su amor a la patria y los consejeros por su sabiduría."

